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La mesa de Salomón

La Mesa de Salomon

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La mesa de Salomón (LEYENDA ORIENTAL SORIANA)


UBICACIÓN DEL RELATO  flecha Medinaceli

 ≈ Por CLEMENTE SÁENZ GARCÍA

 

Sobre erguida meseta de pendientes flancos, por los que se encarama, perezosa, la zigzagueante carretera, elévase la antiquísima Ocilis, hoy la Ducal Medinaceli.

A su entrada nos sorprende la bella silueta de un magestuoso arco romano, el más completo y uno de los mejores que se conservan en España.

A través de él inclinaron sus cervices visigodos y sarracenos. Un puñado de intrépidos musulmanes acabaron con la España Cristiana; doce mil mahometanos contra cien mil godos ganaron la victoria, como escribió Navarro Villoslada. El último rey godo, Don Rodrigo, perdió la vida y la corona, a orillas del río Guadalete. Tarik ben Zeyan se hizo dueño, en seguida, de toda la Andalucía, y avanzó triunfador, con sus huestes sobre la gran Toledo.

Sobrecogidos los españoles al ver amenazada la capital de su reino, procuran poner a salvo sus tesoros más preciados, que lo eran las reliquias de sus santos y los vasos de sus iglesias, y así el arzobispo Urbano, que gobernaba la diócesis metropolitana salió hacia el Norte. seguido de una interminable y triste caravana de mujeres, ancianos y niños, de inútiles y enfermos que llorosos y famélicos huían de la muerte, llevando sus ajuares en triste procesión.

Preciosa carga arrastraban; que con ellos iban las vestiduras de San Ildefonso del propio cielo traídas, y allí la invalorable mesa del gran rey Salomón, que conservada en la catedral de Toledo estaba tapizada de rojos y encendidos jacintos, que al sol dieran envidia y de millares de esmeraldas verdosas, petrificadas gotas de los océanos del Oriente, al calmar de un modo súbito su embravecido oleaje, contemplando en cierto día lejano la belleza portentosa de la reina de Sava.

Ni aún tiempo tuvieron los fugitivos para ocultarse tras de las desmanteladas murallas de la vieja Ocilis. Aún subían los rezagados por las pendientes del «Reventón» cuando asolador torrente inundaba las riberas del Jalón.

Tarik, sólo al rayo comparable, había rendido en breve tiempo a la corte de la España visigoda, y abiertas a sus tropas las puertas de Toleao, y enterado del rumbo que sus riquezas llevaban, corrió veloz, remontó el Henares, traspasó la sierra y se presentó de improviso ante la actual Medinaceli.

El pánico cundió entre los españoles y nada pudo librarse a la profanación del infiel; vestiduras y vasos, huesos y reliquias fueron despojados y repartidos entre los inmundos hijos de Mahoma, la ciudad asolada y sus moradores prisioneros.     .

Tarik se vio dueño de la mesa de Salomón y como buen musulmán la reservó para el Califa.

Cuentan que Muza se mesó los cabellos y se irritó sobremanera cuando se enteró del curso de los nuevos acontecimientos y muy principalmente de la caída de Toledo, que tan pronto no esperaba.

Reservábase para él la gloria de rendir la capital enemiga, y ya había escrito al Sultán de Damasco atribuyéndose a sí propio la victoria del Guadalete, y dando cuenta detallada de sus planes. Ahora, a resultas de tanta gloria, la verdad no dejaría de saberse y llegando hasta el trono sería descubierta la superchería del ambicioso walí. Presto a remediar el mal, reunió sus huestes y pasó el estrecho.

Sumiso y obediente Tarik acudió a recibirle y entrevistándose con él en Talavera le hizo entrega de su parte de botín y la del Califa.

Juntos regresaron los dos jefes a Toledo y ya en el Alcázar, a presencia de los demás generales, tuvo lugar una escena violenta, en la que Muza despojó a Tarik de sus insignias de mando, a pretexto de desobediencia e indisciplina.

De nada sirvieron al culpable sus protestas de rectitud, ni tampoco la defensa que el Consejo hizo de él, que asumiendo en las personas de sus miembros la entera responsabilidad de la medida tomada, ni menos pudo aún la renuncia que hizo del cargo, el sustituto con que el walí quiso suplirle. Tarik fue aherrojado, puesto en estrecha prisión y acusado ante el Califa de insubordinado y desleal.

Pero como la verdad se abre siempre camino a través de todos los espacios y contra todos los obstáculos, no fue bastante extensión la del norte africano, ni precauciones suficientes resultaron las de Muza para que el soberano llegase por indicios o referencia a descubrirla y prefiriendo, en bien del Islam, echar tierra al asunto, limitóse a ordenar, por el momento, que el encarcelado caudillo fuera repuesto en su cargo, sin tomar provisión ninguna contra su opresor.

Y así como la llama resucita al remover los escombros, Muza, exacerbado en sus pasiones, corroídas sus entrañas por el aspid de un odio insatisfecho, sintió el acrecentamiento de éste, con la exaltación de su rival, y no perdió ocasión propicia de desacreditarle y humillarle.

Llegaron también estas nuevas al rey Ulid, y pesaroso de ellas, temiendo justamente que degenerase la rivalidad en daño para la religión muslímica, decidió acabar de una vez con la discordia juzgándola por sí mismo, y al efecto, ordenó a los dos generales que se personaran en su presencia.

Tarik, seguro de la justicia de su causa, no vaciló un momento en emprender el viaje; Muza sin poder excusarlo, lo dilató cuanto pudo y por fin llegó a Damasco llevando, en voluminoso equipaje, el fruto más selecto de las rapiñas agarenas, incluida aquella singular mesa de tablero rojo en la que, por cierto, un pie desigual de oro macizo, contrastaba empobrecido con los otros tres, los cuales, como ya se ha dejado entender, estaban en total cubiertos de esmeraldas refulgentes.

Por grave enfermedad del Califa, quedó encargado su hermano Suleimán Abdelmelik de la vista de la causa, y reunidos los dos caudillos en su presencia léese que los interrogó de esta suerte.

Suleímán. — Dime, Muza, ¿has hallado pueblos muy valientes en tus conquistas?

Muza. — ¡Señor, muchos más de los que yo acertaré a describir!

Suleímán. — Pues dime de los cristianos del Guadalete.

Muza. — Son leones en sus castillos, águilas en sus caballos y mujeres en sus escuadrones a pie; pero si ven la ocasión la saben aprovechar y cuando quedan vencidos son cabras en escapar a los montes, que no ven la tierra en que pisan.

Suleímán. — Y dime de los berberíes.

Muza. — Son gente muy semejante a los árabes en acometer, pelear y ayudarse, y en el sufrimiento y en la fisonomía y hospitalidad; pero los más pérfidos hombres del mundo; no cumplen pacto ni guardan palabra alguna.

Suleimán. — Y de los de Afranc, ¿qué me dices?

Muza. — Son gente infinita, prontos y animosos en el acometer y pelear; pero medrosos y tímidos en la fuga.

Suleimán. — Y, ¿cómo te ha ido con estas gentes? ¿Les has superado o te han vencido?

Muza. — Eso no, por Alah, ni una bandera huyó jamás, y mis muslines no han dudado en acometer aunque fuésemos cuarenta contra ochenta.

Suleimán. — ¿Y qué tesoros me traes para el Califa, de tus conquistas?'

Muza. — Esta preciosa mesa, orlada de jacintos, yo la hallé, señor ...

Tarik. — No, emir de los fieles, no; sino yo la hallé.

Muza. — Este hombre es un impostor.

Tarik. — Haz la prueba, señor. Mira este pie de oro que no es igual a los otros tres; pregúntale quién lo ha puesto en este sitio.

Muza. — Yo hallé la mesa tal como te la presento.

Tarik. — Convéncete, señor, de que Muza miente; el pie que falta y que ha sustituido por otro, es éste.

Y Tarik sacó el pie que conservaba y que con previsión había guardado, para entregarlo a Suleimán.

Éste comprobó su exactitud con los otros tres quedando patente la falsedad de Muza al atribuirse las glorias de Tarik.

Tanto ofendió a Suleimán la conducta del pérfido Wali, que, sin consideración a su jerarquía, mandó encarcelarlo, exponerlo después al sol y azotarlo en público. Condenóle, además, a pagar una multa de cien mil mictales; otros dicen doscientos mil pesantes.

 

Más información

  • Esta bella leyenda fue publicada por Clemente Sáenz García en "El Avisador Numantino", de Soria, de fechas 6, 27 y 31 de enero de 1923. El mismo autor se ocupó de este tema y de sus fuentes arábigas en Celtiberia nº 44. en su Historia de España y de las Naciones Americanas, tomo II, capítulo I, páginas 16 a 17.
  • Don Clemente Sáenz añadía, al final de su leyenda, una original interpretación geofísica de la Mesa, escribiendo: «Mire quien ver quiera: la mesa es la meseta de Medinaceli. Su tablero es de jacintos, es geológico, de la roja arcilla del keuper, cuyas sedimentarias entrañas, contienen a los bien tallados aragonitos, a los rojos y geométricos cristales de cuarzo, las bellas y también encarnadas tabletas del algez, hoguera, en conjunto de Plutón que arde, sin apagarse, al transcurso de los siglos. Y esas son las esmeraldas de los pies, las tapizadas alfombras de sus ramblas y laderas».
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  • LA MESA DE SALOMÓN (rey de Israel, 978-931 a. C.) –conocida también con los nombres de Tabla o Espejo de Salomón–, es una leyenda que cuenta cómo el rey Salomón escribió todo el conocimiento del Universo, la fórmula de la creación y el nombre verdadero de Dios: el Shem Shemaforash, que no puede escribirse jamás y sólo debe pronunciarse para provocar el acto de crear. Según la tradición cabalística,
  • "Salomón lo confía a una forma jeroglífica de alfabeto sagrado que, aunque evita la escritura del Nombre de Dios, contiene las pistas necesarias para su deducción. Este jeroglífico tiene como soporte material un objeto: la llamada Mesa de Salomón".
    Eslava Galán, op. cit.
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  • Según esta leyenda, la trascendencia de la tabla está en que dará a su propietario el conocimiento absoluto (ya que el pronunciar el nombre de Dios significa abarcar a toda su creación), pero el día que sea encontrada el fin del mundo estará próximo.

  •  • Recopilado y anotado por Florentino Zamora Lucas, Correspondiente de la Real Academia de la Historia.
  •  • El nombre de los pueblos concuerda con el que era utilizado en la época del texto.

 


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