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La tierra de Alvargonzález, romance

La Laguna Negra de Urbión en otoño © JaDíaz

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La tierra de Alvargonzález  [ROMANCE]


UBICACIÓN DEL RELATO  flecha Laguna Negra  |  Vinuesa

Ruta machadiana de Alvargonzález

 ≈ Por ANTONIO MACHADO

  

  • I

  • Siendo mozo Alvargonzález,
  • dueño de mediana hacienda,
  • que en otras tierras se dice
  • bienestar y aquí, opulencia,
  • en la feria de Berlanga
  • prendóse de una doncella,
  • y la tomó por mujer
  • al año de conocerla.
  • Muy ricas las bodas fueron,
  • y quien las vio las recuerda,
  • sonadas las tornabodas,
  • que hizo Alvar en su aldea;
  • hubo gaitas, tamboriles,
  • flauta, bandurria y vihuela,
  • fuegos a la valenciana
  • y danza a la aragonesa.
  • II

  • Feliz vivió Alvargonzález
  • en el amor de su tierra.
  • Naciéronle tres varones,
  • que en el campo son riqueza,
  • y, ya crecidos, los puso,
  • uno a cultivar la huerta,
  • otro a cuidar los merinos
  • y dio el menor a la iglesia.
  • III

  • Mucha sangre de Caín
  • tiene la gente labriega
  • y en el hogar campesino
  • armó la envidia pelea.
  • Casáronse los mayores;
  • tuvo Alvargonzález nueras,
  • que le trujeron zizaña
  • antes que nietos le dieran.
  • La codicia de los campos
  • ve tras la muerte, la herencia,
  • no goza de lo que tiene
  • por ansia de lo que espera.
  • El menor, que a los latines
  • prefería las doncellas
  • hermosas y no gustaba
  • de vestir por la cabeza,
  • colgó la sotana un día
  • y partió a lejanas tierras.
  • La madre lloró y el padre
  • dióle bendición y herencia.
  • IV

  • Alvargonzález ya tiene
  • la adusta frente arrugada,
  • y hacia la barba platea
  • el bozo azul de su cara.
  • Una mañana de otoño
  • salió solo de su casa;
  • no llevaba sus lebreles,
  • agudos canes de caza.
  • Iba triste y pensativo
  • por la alameda dorada;
  • anduvo largo camino
  • y llegó a una fuente clara.
  • Echóse en la tierra; puso
  • sobre una piedra la manta,
  • y a la vera de la fuente
  • durmió al arrullo del agua.

 

  • EL SUEÑO

  • I

  • y Alvargonzález veía
  • como Jacob una escala,
  • que iba de la tierra al cielo
  • y oyó una voz que le hablaba.
  • Mas las hadas hilanderas
  • entre las guedijas blancas
  • y vellones de oro han puesto
  • un mechón de negra lana.
  • II

  • Tres niños están jugando
  • a la puerta de su casa;
  • entre los mayores brinca
  • un cuervo de negras alas.
  • La mujer vigila, cose
  • y a ratos, sonríe y canta.
  • —Hijos, ¿qué hacéis? —les pregunta.
  • Ellos se miran y callan.
  • —Subid al monte, hijos míos,
  • y antes que la noche caiga
  • con un brazado de estepas
  • hacedme una buena llama.
  • III

  • Sobre el lar de Alvargonzález
  • está la leña apilada;
  • el mayor quiere encenderla,
  • pero no brota la llama.
  • —Padre, la hoguera no prende,
  • está la estepa mojada.
  • Su hermano viene a ayudarle
  • y arroja astillas y ramas
  • sobre los troncos de roble;
  • pero el rescoldo se apaga.
  • Acude el menor y enciende,
  • bajo la negra campana
  • de la cocina, una hoguera
  • que alumbra toda la casa.
  • IV

  • Alvargonzález levanta
  • en brazos al más pequeño
  • y en sus rodillas lo sienta:
  • —Tus manos hacen el fuego ...
  • Aunque el último naciste,
  • tú eres en mi amor primero.
  • Los dos mayores se alejan
  • por los rincones del sueño.
  • Entre los dos fugitivos
  • reluce un hacha de hierro.
  • AQUELLA TARDE ...

  • I

  • Sobre los campos desnudos,
  • la luna llena manchada
  • de un arrebol purpurino,
  • enorme globo asomaba
  • Los hijos de Alvargonzález
  • silenciosos caminaban
  • y han visto al padre dormido
  • junto de la fuente clara.
  • II

  • Tiene el padre entre las cejas
  • un ceño que le aborrasca
  • el rostro, un tachón sombrío
  • como la huella de un hacha.
  • Soñando está con sus hijos,
  • que sus hijos lo apuñalan;
  • y cuando despierta mira
  • que es cierto lo que soñaba.
  • III

  • A la vera de la fuente
  • quedó Alvargonzález muerto.
  • Tiene cuatro puñaladas
  • entre el costado y el pecho
  • por donde la sangre brota,
  • más un hachazo en el cuello.
  • Cuenta la hazaña del campo
  • el agua clara corriendo,
  • mientras los dos asesinos
  • huyen hacia los hayedos.
  • Hasta la Laguna Negra,
  • bajo las fuentes del Duero,
  • llevan el muerto, dejando
  • detrás un rastro sangriento;
  • y en la laguna sin fondos
  • que guarda bien los secretos,
  • con una piedra amarrada
  • a los pies, tumba le dieron.
  • IV

  • Se encontró junto a la fuente
  • la manta de Alvargonzález
  • y camino del hayedo
  • se vio un reguero de sangre.
  • Nadie de la aldea ha osado
  • a la laguna acercarse,
  • y el sondarla inútil fuera,
  • que es la laguna insondable.
  • Un buhonero que cruzaba
  • aquellas tierras errante,
  • fue en Dauria acusado, preso
  • y muerto en garrote infame.
  • V

  • Pasados algunos meses
  • la madre murió de pena.
  • Los que muerta la encontraron,
  • dicen que las manos yertas
  • sobre su rostro tenía,
  • oculto el rostro con ellas.
  • VI

  • Los hijos de Alvargonzález
  • ya tienen majada y huerta,
  • campos de trigo y centeno
  • y prados de fina hierba;
  • en el olmo viejo, hendido
  • por el rayo, la colmena,
  • dos yuntas para el arado,
  • un mastín y cien ovejas.
  • OTROS DÍAS

  • I

  • Ya están las zarzas floridas
  • y los ciruelos blanquean;
  • ya las abejas doradas
  • liban para sus colmenas,
  • y en los nidos que coronan
  • las torres de las iglesias
  • asoman los garabatos
  • ganchudos de las cigüeñas.
  • Ya los olmos del camino
  • y chopos de las riberas
  • de los arroyos que buscan
  • al padre Duero verdean.
  • El cielo está azul, los montes
  • sin nieve son de violeta.
  • La tierra de Alvargonzález
  • se colmará de riqueza;
  • muerto está quien la ha labrado
  • más no le cubre la tierra.
  • II

  • La hermosa tierra de España,
  • adusta, fina y guerrera
  • Castilla, de largos ríos,
  • tiene un puñado de sierras
  • entre Soria y Burgos
  • como reductos de fortaleza,
  • como yelmos crestonados
  • y Urbión es una cimera.
  • III

  • Los hijos de Alvargonzález,
  • por una empinada senda,
  • para tomar el camino
  • de Salduero a Covaleda,
  • cabalgan en pardas millas
  • bajo el pinar de Vinuesa.
  • Van en busca de ganado
  • con que volver a su aldea,
  • y por tierra de pinares
  • larga jornada comienzan.
  •   
  • Van Duero arriba, dejando
  • atrás los arcos de piedra
  • del puente y el caserío
  • de la ociosa y opulenta
  • villa de indianos. El río,
  • al fondo del valle, suena,
  • y de las cabalgaduras
  • los cascos baten las piedras.
  • A la otra orilla del Duero
  • canta una voz lastimera:
  • «La tierra de Alvargonzález
  • se colmará de riqueza,
  • y el que la tierra ha labrado
  • no duerme bajo la tierra».
  • IV

  • Llegados son a un paraje
  • en donde el pinar se espesa,
  • y el mayor, que abre la marcha,
  • su parda mula espolea,
  • diciendo: démonos prisa;
  • porque son más de dos leguas
  • de pinar y hay que apurarlas
  • antes que la noche venga.
  • Los hijos del campo, hechos
  • a quebradas y asperezas,
  • porque recuerdan un día
  • la tarde, en el monte, tiemblan.
  • Allá en lo espeso del bosque
  • otra vez la copla suena;
  • «La tierra de Alvargonzález
  • se colmará de riqueza,
  • y el que la tierra ha labrado
  • no duerme bajo la tierra».
  • V

  • Desde Salduero el camino
  • va al hilo de la ribera;
  • a ambas márgenes del río
  • el pinar crece y se eleva
  • y las rocas se aborrascan
  • al par que el valle se estrecha.
  • Los fuertes pinos del bosque
  • con sus copas gigantescas
  • y sus desnudas raíces
  • amarradas a las piedras;
  • los de troncos plateados
  • cuyas frondas azulean,
  • pinos jóvenes; los viejos
  • cubiertos de blanca lepra,
  • musgos y líquenes canos
  • que el grueso tronco rodean,
  • colman el valle y se pierden
  • rebasando ambas laderas.
  • Juan, el mayor dice: Hermano,
  • si Blas Antonio apacienta
  • cerca de Urbión su vacada,
  • largo camino nos queda.
  • —Cuanto hacia Urbión alarguemos
  • se puede acortar de vuelta,
  • tomando por el atajo
  • hacia la Laguna Negra
  • y bajando por el puerto
  • de Santa Inés a Vinuesa.
  • —Mala tierra y peor camino.
  • Te juro que no quisiera
  • verlos otra vez. Cerremos
  • los tratos en Covaleda;
  • hagamos noche y, al alba,
  • volvámonos a la aldea
  • por este valle, que, a veces,
  • quien piensa atajar, rodea.
  • Cerca del río cabalgan
  • los hermanos y contemplan
  • cómo el bosque centenario
  • al par que avanzan, aumenta,
  • y los peñascos del monte
  • el horizonte les cierran.
  • El agua que va saltando
  • parece que canta o cuenta:
  • «La tierra de Alvargonzález
  • se colmará de riqueza,
  • y el que la tierra ha labrado
  • no duerme bajo la tierra».
  • CASTIGO

  • I

  • Aunque la codicia
  • tiene redil que encierre la oveja,
  • trojes que guardan el trigo,
  • — bolsas para la moneda
  • y garras, no tiene manos
  • que sepan labrar la tierra.
  • Así a un año de abundancia
  • siguió un año de pobreza.
  • II

  • En los sembrados crecieron
  • las amapolas sangrientas;
  • pudrió el tizón las espigas
  • de trigales y de avenas;
  • hielos tardíos mataron
  • en flor la fruta en la huerta
  • y una mala hechicería
  • hizo enfermar las ovejas.
  • A los dos Alvargonzález
  • maldijo Dios en sus tierras,
  • y al año pobre siguieron
  • luengos años de miseria.
  • III

  • Es una noche de invierno.
  • Cae la nieve en remolinos.
  • Los Alvargonzález velan
  • un fuego casi extinguido.
  • El pensamiento amarrado
  • tienen a un recuerdo mismo
  • y en las ascuas mortecinas
  • del hogar los ojos fijos.
  • No tienen leña ni sueño.
  • Larga es la noche y el frío
  • mucho. Un candilejo humea
  • en el muro ennegrecido.
  • El aire agita la llama,
  • que pone un fulgor rojizo
  • sobre entrambas pensativas
  • testas de los asesinos.
  • El mayor de Alvargonzález
  • lanzando un ronco suspiro,
  • rompe el silencio exclamando:
  • —Hermano, ¡qué mal hicimos!
  • El viento la puerta bate,
  • hace temblar el postigo
  • y suena en la chimenea
  • con hueco y largo bramido.
  • Después el silencio vuelve
  • y a intervalos el pabilo
  • del candil chisporrotea
  • en el aire aterecido.
  • El segundón dijo: ¡Hermano
  • demos lo viejo al olvido!
  • EL VIAJERO

  • I

  • Es una noche de invierno.
  • Azota el viento las ramas
  • de los álamos. La nieve
  • ha puesto la tierra blanca.
  • Bajo la nevada, un hombre
  • por el camino cabalga;
  • va cubierto hasta los ojos,
  • embozado en luenga capa.
  • Entrado en la aldea, busca
  • de Alvargonzález la casa,
  • y ante su puerta llegado,
  • sin echar pie a tierra, llama.
  • II

  • Los dos hermanos oyeron
  • una aldabada a la puerta
  • y de una cabalgadura
  • los cascos sobre las piedras.
  • Ambos los ojos alzaron
  • llenos de espanto y sorpresa
  • —¿Quién es?, responda —gritaron.
  • —Miguel —respondieron fuera.
  • Era la voz del viajero
  • que partió a lejanas tierras.
  • III

  • Abierto el portón, entróse
  • a caballo el caballero
  • y echó pie a tierra. Venía
  • todo de nieve cubierto.
  • En brazos de sus hermanos
  • lloró algún rato en silencio.
  • Después dio el caballo al uno,
  • al otro, capa y sombrero,
  • y en la estancia campesina
  • buscó el arrimo del fuego.
  • IV

  • El menor de los hermanos,
  • que niño y aventurero
  • fue más allá de los mares
  • y hoy torna indiano opulento,
  • vestía con negro traje
  • de peludo terciopelo,
  • ajustado a la cintura
  • por ancho cinto de cuero.
  • Gruesa cadena formaba
  • un bucle de oro en su pecho.
  • Era un hombre alto y robusto,
  • con ojos grandes y negros
  • llenos de melancolía;
  • la tez de color moreno
  • y sobre la frente comba
  • enmarañados cabellos:
  • El hijo que saca de porte
  • señor de padre labriego,
  • a quien fortuna le debe
  • amor, poder y dinero.
  • De los tres Alvargonzález
  • era Miguel el más bello;
  • porque al mayor le afeaba
  • el muy poblado entrecejo
  • bajo la frente mezquina,
  • y al segundo, los inquietos
  • ojos que mirar no saben
  • de frente, torvos y fieros.
  • V

  • Los tres hermanos contemplan
  • el triste hogar en silencio;
  • y con la noche cerrada
  • arrecia el frío y el viento.
  • —Hermanos, ¿no tenéis leña?
  • dice Miguel
  • —No tenemos,
  • responde el mayor.
  • Un hombre,
  • milagrosamente, ha abierto
  • la gruesa puerta cerrada
  • con doble barra de hierro.
  • El hombre que ha entrado
  • tiene el rostro del padre muerto.
  • Un halo de luz dorada
  • orla sus blancos cabellos.
  • Lleva un haz de leña al hombro
  • y empuña un hacha de hierro.
  • EL INDIANO

  • I

  • De aquellos campos malditos,
  • Miguel a sus dos hermanos
  • compró, una parte, que mucho
  • caudal de América trajo
  • y aún en tierra mala, el oro
  • luce mejor que enterrado
  • y más en mano de pobres
  • que oculto en orza de barro.
  • Dióse a trabajar la tierra
  • con fe y tesón el indiano,
  • y a laborar los mayores
  • sus pegujales tornaron.
  • Ya de macizas espigas,
  • preñadas de rubios granos
  • a los campos de Miguel
  • tornó el fecundo verano;
  • y ya de aldea en aldea
  • se cuenta como un milagro,
  • que los asesinos tienen
  • la maldición en sus campos.
  • El pueblo canta una copla
  • que narra el crimen pasado:
  • «A la orilla de la fuente
  • lo asesinaron.
  • i Qué mala muerte le dieron
  • los hijos malos!
  • En la laguna sin fondo
  • al padre muerto arrojaron.
  • No duerme bajo la tierra
  • el que la tierra ha labrado».
  • II

  • Miguel, con sus dos lebreles
  • y armado de su escopeta,
  • hacia el azul de los montes
  • en una tarde serena,
  • caminaba entre los verdes
  • chopos de la carretera
  • y oyó una voz que cantaba:
  • «No tiene tumba en la tierra.
  • Entre los pinos del valle
  • del Revinuesa,
  • al padre muerto llevaron
  • hasta la Laguna Negra».
  • LA CASA

  • I

  • La casa de Alvargonzález
  • era una casona vieja,
  • con cuatro estrechas ventanas,
  • separada de la aldea
  • cien pasos y entre dos olmos
  • que, gigantes centinelas,
  • sombra le dan en verano
  • y en el otoño, hojas secas.
  • Es casa de labradores,
  • gente aunque rica plebeya,
  • donde el hogar humeante
  • con sus escaños de piedra
  • se ve, sin entrar, si tiene
  • abierta al campo la puerta.
  • Al arrimo del rescoldo
  • del hogar borbollonean
  • dos pucherillos de barro
  • que a dos familias sustentan.
  • A diestra mano la cuadra
  • y el corral, a la siniestra
  • huerto y abejar y al fondo
  • una gastada escalera,
  • que va a las habitaciones,
  • partidas en dos viviendas.
  • Los Alvargonzález moran
  • con sus mujeres en ellas.
  • A ambas parejas que hubieron,
  • sin que lograrse pudieran,
  • dos, hijos, sobrado espacio
  • les da la casa paterna.
  • En una estancia que tiene
  • luz al huerto, hay una mesa
  • con gruesa tabla de roble,
  • dos sillones de baqueta,
  • colgado en el muro un negro
  • ábaco de enormes cuentas
  • y unas espuelas mohosas
  • sobre un arcón de madera.
  • Era una estancia olvidada
  • donde hoy Miguel se aposenta.
  •   
  • Y era allí donde los padres
  • veían en primavera
  • el huerto en flor y en el cielo
  • de mayo, azul, la cigüeña
  • —cuando las rosas se abren
  • y los zarzales blanquean—
  • que enseñaba a sus hijuelos
  • a usar de las alas lentas.
  • Y en las noches del verano,
  • cuando la calor desvela,
  • desde la ventana al dulce
  • ruiseñor cantar oyeran.
  • Fue allí donde Alvargonzález,
  • del orgullo de su huerta
  • y del amor de los suyos,
  • sacó sueños de grandeza.
  • Cuando en brazos de la madre
  • vio la figura risueña
  • del primer hijo, bruñida
  • de rubio sol la cabeza,
  • del niño que levantaba
  • las codiciosas, pequeñas
  • manos a las rojas guindas
  • y a las moradas ciruelas,
  • aquella tarde de otoño
  • dorada, plácida y buena,
  • él pensó que ser podría feliz
  • el hombre en la tierra:
  • Hoy canta el pueblo una copla
  • que va de aldea en aldea.
  • «¡Oh, casa de Alvargonzález,
  • qué malos días te esperan;
  • casa de los asesinos,
  • que nadie llame a tu puerta!».
  • II

  • Es una tarde de otoño:
  • En la alameda dorada
  • no quedan ya ruiseñores;
  • enmudeció la cigarra.
  • Las últimas golondrinas,
  • que no emprendieron la marcha
  • morirán, y las cigüeñas
  • de sus nidos de retamas,
  • en torres y campanarios,
  • huyeron.
  • Sobre la casa
  • de Alvargonzález, los olmos
  • sus hojas que el viento arranca
  • van dejando. Todavía
  • las tres redondas acacias,
  • frente al atrio de la iglesia
  • conservan verdes sus ramas
  • y las castañas de Indias
  • a intervalos se desgajan
  • cubiertas de sus erizos;
  • tiene el rosal rosas grana
  • otra vez, y en las praderas
  • brilla la alegre otoñada.
  •   
  • En laderas y en alcores,
  • en ribazos y cañadas,
  • el verde nuevo y la hierba
  • aún del estío quemada
  • alternan; los serrijones
  • pelados, las lomas calvas,
  • se coronan de plomizas
  • nubes apelotonadas;
  • y bajo el pinar gigante,
  • entre las marchitas zarzas
  • y amarillentos helechos,
  • corren las crecidas aguas
  • a engrosar el padre río
  • por canchales y barrancas.
  •   
  • Abunda en la tierra un gris
  • de plomo y azul de plata,
  • con manchas de roja herrumbre,
  • todo envuelto en luz violada.
  • ¡Oh, tierras de Alvargonzález,
  • en el corazón de España,
  • tierras pobres, tierras tristes,
  • tan tristes que tienen alma!
  • Páramos que cruza el lobo
  • aullando a la luna clara
  • de bosque a bosque, baldíos
  • llenos de peñas rodadas,
  • donde roída de buitres
  • brilla una osamente blanca;
  • pobres campos solitarios
  • sin caminos ni posadas,
  • —Oh, pobres campos malditos,
  • pobres campos de mi patria!

 

  • LA TIERRA

  • I

  • Una mañana de otoño,
  • cuando la tierra se labra,
  • Juan y el indiano aparejan
  • las dos yuntas de la casa.
  • Martín se quedó en el huerto
  • arrancando hierbas malas.
  • II

  • Una mañana de otoño
  • cuando los campos se aran,
  • sobre un otero, que tiene
  • el cielo de la mañana
  • por fondo, la parda yunta
  • de Juan lentamente avanza.
  • Cardos, lampazos y abrojos,
  • avena loca y zizaña
  • llenan la tierra maldita,
  • tenaz a poda y a escarda.
  • Del corvo arado de roble
  • la hundida reja trabaja
  • con vano esfuerzo; parece
  • que al par que hiende la entraña
  • del campo y hace camino
  • se cierra otra vez la zanja.
  • «Cuando el asesino labre
  • será su labor pesada;
  • antes que un surco en la tierra
  • tendrá una arruga en su cara».
  • III

  • Martín que estaba en la huerta
  • cavando, sobre su azada
  • quedó apoyado un momento;
  • frío sudor le bañaba
  • el rostro.
  • Por el Oriente,
  • la luna llena, manchada
  • de un arrebol purpurino,
  • lucía tras de la tapia
  • del huerto.
  • Miguel tenía
  • la sangre de horror helada.
  • La azada que hundió en la tierra
  • teñida de sangre estaba.
  • IV

  • En la tierra en que ha nacido
  • supo afincar el indiano;
  • por mujer a una doncella
  • rica y hermosa ha tomado.
  • La hacienda de Alvargonzález
  • ya es suya, que sus hermanos
  • todo le vendieron, casa,
  • huerto, colmenar y campo.
  • LOS ASESINOS

  • I

  • Juan y Martín, los mayores
  • de AlvargonzáJez, un día
  • pesada marcha emprendieron
  • con el alba, Duero arriba.
  • La estrella de la mañana
  • en el alto azul ardía.
  • Se iba tiñendo de rosa
  • la espesa y blanca neblina
  • de los valles y barrancos,
  • y algunas nubes plomizas
  • a Urbión, donde el Duero nace,
  • como un turbante ponían.
  • Se acercaban a la fuente.
  • El agua clara corría
  • sonando cual si contara
  • una vieja historia dicha
  • mil veces y que tuviera
  • mil veces que repetirla.
  • Agua que corre en el campo
  • dice en su monotonía:
  • Yo sé el crimen ¿no es un crimen
  • cerca del agua, la vida?
  • Al pasar los dos hermanos
  • relataba el agua limpia:
  • «A la vera de la fuente
  • Alvargonzález dormía».
  • II

  • —Anoche cuando volvía
  • a casa —Juan a su hermano
  • dijo— a la luz de la luna
  • era la huerta un milagro.
  • Lejos, entre los rosales,
  • divisé un hombre inclinado
  • hacia la tierra; brillaba
  • una hoz de plata en su mano.
  • Después irguióse y, volviendo
  • el rastro, dio algunos pasos
  • por el huerto, sin mirarme,
  • y a poco lo vi encorvado
  • otra vez sobre la tierra.
  • Tenía el cabello blanco
  • la luna llena brillaba
  • y era la huerta un milagro.
  • III

  • Pasado habían el puerto
  • de Santa Inés, ya mediada
  • la tarde, una tarde triste
  • de noviembre, fría y parda.
  • Hacia la Laguna Negra
  • silenciosa caminaban.
  • IV

  • Cuando la tarde caía,
  • entre las vetustas hayas
  • y los pinos centenarios,
  • un rojo sol se filtraba.
  • Era un paraje de bosque
  • y peñas aborrascadas;
  • aquí bocas que bostezan
  • o monstruos de fieras garras;
  • allí una informe joroba
  • allá una grotesca panza,
  • torvos hocicos de fieras
  • y dentaduras melladas,
  • rocas y rocas y troncos
  • y troncos, ramas y ramas.
  • En el hondón del barranco
  • la noche, el miedo y el agua.
  • V

  • Un lobo surgió, sus ojos
  • lucían como dos ascuas.
  • Era la noche, una noche
  • húmeda, oscura y cerrada.
  • Los dos hermanos quisieron
  • volver. La selva ululaba.
  • Cien ojos fieros ardían
  • en la selva, a sus espaldas.
  • VI

  • Llegaron los asesinos
  • hasta la Laguna Negra,
  • agua transparente y muda
  • que enorme muro de piedra,
  • donde los buitres anidan
  • y el eco duerme, rodea,
  • agua clara donde beben
  • las águilas de la sierra,
  • donde el jabalí del monte
  • y el ciervo y el corzo abrevan,
  • agua pura y silenciosa
  • que copia cosas eternas,
  • agua impasible que guarda
  • en su seno las estrellas.
  • ¡Padre!, gritaron; al fondo
  • de la laguna serena
  • cayeron y el eco ¡padre!
  • repitió de peña en peña.

 

  • Antonio Machado, Campos de Castilla, Madrid, 1912. Renacimiento

 

Más información

  • Leyenda facilitada por su autor, hijo de Trévago, de su obra inédita, Leyendas de la villa de Trévago.

  •  • Recopilado y anotado por Florentino Zamora Lucas, Correspondiente de la Real Academia de la Historia.
  •  • El nombre de los pueblos concuerda con el que era utilizado en la época del texto.

 

Antonio Machado. Dibujo de su hermano Jose

≈ Las leyendas de Machado

  • Esta impresionante leyenda del poeta «cantor de Soria», Don Antonio Machado, apareció primeramente en prosa en el núm. 9 de Mundial Magazine, de París, año 1912, enero, págs. 213-220, y reproducida en 1953, también en prosa, en la revista de Soria, Celtiberia, núm. 5, págs. 83-90, por Helen F. Grant, profesora de la Universidad de Cambridge.
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  • Aquel mismo año de 1912, en abril, se publicó, en verso ya, en La Lectura, de Madrid, núm. 136, y a finales de junio del citado año apareció, también en verso, en la obra del autor Machado, Campos de Castilla, que fue ya la forma definitiva del romance.
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  • La versión en prosa no fue incluida en las Obras completas de A. Machado. ni en la Bibliografía del poeta, publicada por Juan Guerrero Ruiz. No obstante puede leerse, la de texto en prosa, en la citada revista, Celtiberia, 1953, núm. 5, páginas 83-90.
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  • Antonio Machado, Campos de Castilla, Madrid, 1912. Renacimiento.

 


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