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La torre de Doña Urraca

La Torre de Doña Urraca

Leyendas históricas  Más información

La Torre de Doña Urraca  (TRADICIÓN SORIANA)


UBICACIÓN DEL RELATO  flecha Torre de Doña Urraca, Soria

 ≈ Por MARIANO GRANADOS

 

Lindando con el edificio, donde en la actualidad se halla instalada la Audiencia Provincial de Soria, todavía se encuentra, en la salida de la carretera de Aragón, un torreón de gruesos muros, que hasta hace poco tiempo levantaba tres pisos sobre una planta rectangular de mampostería, con piedra sillar en las esquinas y artesonados en los techos de algunas habitaciones en lo interior.

Este torreón formaba parte del antiguo palacio de Fernán Núñez, perteneciente al mayorazgo de Beteta, edificio que fue destruido por un incendio en el siglo XVII y que en la actualidad, ¡oh mudanza y trastorno de los tiempos! es abrigo de arrieros y trajinantes, pues en dicho torreón se halla instalada la popular Posada de la Gitana.

Cuenta la tradición, que allá por el año de 1111, estuvo encerrada en el último piso de este edificio, por orden de su esposo el rey Alfonso VII (1º de Aragón) la reina castellana doña Urraca y presta ciertos visos de verosimilitud a la historia que corre de boca en boca y que más adelante recogemos, lo que cuentan, además de la Crónica General, el P. Mariana, Don Modesto de Lafuente y más modernamente Don Nicolás Rabal.

* * *

Sabidos son los disturbios acaecidos en Castilla a consecuencia del funesto matrimonio de Don Alfonso de Aragón con Doña Urraca.

Aparte de otras razones poderosas que como el parentesco, hacían temer por la efectividad de aquella unión, oponíase a hacerla duradera el casquivano carácter de la Reina, cuya honestidad sále muy mal parada a través de la historia. Dudoso el rey de la fidelidad de su esposa, encerróla en el fuerte de Castellar, pero habiendo burlado aquélla la vigilancia de sus guardianes, logró darse a la fuga, internándose por las tierras de Soria.

Mal debió parecer a los castellanos el gesto de rebeldía de su reina, por cuanto, habiéndola convencido de la necesidad de volver con su esposo, la tornaron a él, acompañándola de muy nutrida escolta.

Desconfiando el rey de la seguridad del fuerte del Castellar y confiando en cambio en los sorianos, cuyas protestas de adhesión eran recientes, decidió confiar a los nobles de Soria la custodia y la guarda de Doña Urraca, que a tal efecto habría de quedar recluida en la fortaleza de que hacemos mención, sita, en aquel entonces, en los confines de la ciudad, pues ésta terminaba en el angosto collado donde actualmente se abre la Plaza de la Constitución.

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Pareció resignarse Doña Urraca; mas, sigilosamente, envió cartas a don Pedro González de Lara y al Conde don Gómez de Candespina, quienes, por estar enomorados de la reina, no desdeñarían el acudir en su socorro, y envió estos avisos por medio de los hidalgos de Noviercas, que se prestaron muy gustosos a realizar semejante menester.

Distanciados andaban don Gómez de Candespina y don Pedro de Lara a causa de la rivalidad amorosa por el cariño de la reina; aseguraban del conde que había gozado los favores de la soberana, a cuya mano había aspirado, en vida de su padre; decían de don Pedro que mantenía con doña Urraca relaciones no muy desinteresadas. Pero lo cierto era que, entrambos caballeros, perseguían a su reina y señora con amoroso y enamorado afán.

La idea de salvar a la reina unió a los dos castellanos, haciéndoles olvidar antiguos resquemores, y como quiera que la entonces cautiva ofreciera su linda persona como premio para aquel que lograra ponerla en libertad, convinieron en aunar sus esfuerzos, pero con condición de entrar juntos en la fortaleza, presentándose ante la muy amada como iguales partícipes en la gloria de su liberación, para que así ella misma decidiera, y que este acuerdo fue unido al compromiso de que, quien resultara desairado, daría por olvidados sus afanes, renunciando a seguir poniendo cerco al veleidoso corazón de Doña Urraca.

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El morador de Soria, que en una noche de los primeros días del mes de octubre no estuviera entre sábanas, después del toque de queda, habría podido ver cómo en la angostura del collado, que conducía hasta las primeras casas de la ciudad, se agrupaban silenciosamente varios hombres armados, a caballo.

Hubiera visto también, cómo en el último piso del torreón, que luego habría de ser posada de arrieros y trajinantes, se abría, misteriosamente una ventana; cómo una mano enjoyada, sacudía, a manera de bandera, una tira de lienzo blanco, y cómo, en fin, dos sombras silenciosas, se destacaban del conjunto, y pegándose al muro, escalaban una ventana del piso principal. El oído que hubiera estado bien despierto habría percibido ruido de lucha en el interior de la fortaleza, el caer pesado de un cuerpo muerto, el chirriar de los goznes de una puerta que dio paso a dos hombres y una mujer, y finalmente, el galopar de unos caballos por la angostura del collado, en dirección contraria a la ciudad.

Cuando amaneció Dios, un grupo de jinetes galopaba camino de Sepúlveda. A la cabeza de ellos iba don Pedro González de Lara, dando grupa a la hermosa soberana de Castilla; más atrás, cavizbajo y pensativo, el conde don Gómez, se sujetaba, con la enguantada mano, el recio coselete, como si no pudiera contener el latir agitado del corazón (Cuenta la tradición que, en premio a estos servicios y a la ayuda que los caballeros de Noviercas prestaron en la evasión de la reina, ésta regaló a dicha villa la hermosa dehesa que posee).

* * *

Pocos días después, en los primeros del mes de noviembre, el rey Alfonso VII (1º de Aragón), enterado ya de la evasión de su esposa, daba alcance a los fugitivos en el campo de Espina, por tierras de Sepúlveda y mientras don Pedro de Lara lograba huir con su preciada carga, camino de León, el conde don Gómez de Candespina admiraba, por su arrojo suicida, a los caballeros aragoneses, quienes lo vieron pelear durante muchas horas, hasta que ya por fin cayó herido y sin vida, atravesado el coselete por un fuerte lanzazo que fue a rasgarle el pecho en dirección al corazón.

 

 

Más información

  • Publicada en Soria. Revista quincenal ilustrada, núm. 9, Madrid, 5 de junio 1924. Año 1, págs. 7 a 8.

  •  • Recopilado y anotado por Florentino Zamora Lucas, Correspondiente de la Real Academia de la Historia.
  •  • El nombre de los pueblos concuerda con el que era utilizado en la época del texto.

 


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