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La reina de Tardajos

La reina de Tardajos

Leyendas amorosas  Más información

Viaje al patíbulo de la bella Pascuala


≈ Por L. CARRASCO Y PRlM

 

I

El Ferial y sus avenidas están llenas de gente como en días de gran fiesta. En los semblantes se revela la ansiedad que produce la espera del comienzo de un espectáculo. Y a pesar de la aglomeración de gente, el silencio era aterrador, solamente se percibía el ruido semejante al que produce un enjambre de abejas, a los murmullos de un cortejo fúnebre.

De repente se oyó una voz que sobresalía entre las apagadas de la muchedumbre. Habríase dicho que era la voz de mando de un jefe, porque aquella masa de carne humana volvióse como un ejército mirando hacia la calle del Postigo. A esta voz retumbante y sonora, el disciplinado ejército contestó: «¡Ahora ... ! y un ahogado suspiro salió de todos los pechos.

Oyóse con más claridad la voz que se iba acercando por momentos: era la del fatídico pregonero que leía una sentencia de muerte. La víctima predestinada era la Reina de Tardajos, seguida de una corte lúgubre, montada en un jumento que pasaba indiferente, vestida ella de hopa amarilla (especie de vestidura, al modo de túnica o sotana cerrada) y tendido, a la espalda, el rubio y blondo cabello: en aquel supremo momento Pascuala Calonge era una reina de la belleza y de la desgracia: una Phryrnea capaz de enternecer con una de sus miradas a jueces y verdugos. Iba a expiar en el patíbulo sus crímenes ...

II

Pascuala, llamada la Reina de Tardajos por su notable hermosura y por su buena posición, había casado con un labrador, vecino de aquel pueblo. ¿Por qué siendo tan hermoso su semblante, había de abrigar en su corazón amores criminales y sentimientos de hiena? ¡Terrible tormento de esas criaturas al parecer angelicales! Aquel ángel en el exterior, ocultaba en su Seno una pasión que había de sumirle en la mayor desgracia.

Era su cómplice un licenciado del servicio militar, apuesto joven que entró en la casa en calidad de criado, y en compañía de la infiel esposa tramaron la muerte del confiado marido, que después de salir ileso de algunos atentados, apareció asesinado con horrorosas mutilaciones en su propio dormitorio. Los amantes intentaron ocultarlo achacando a los animales domésticos el crimen, pero la sangre del infeliz pedía justicia, y la halló completa.

Un día de invierno que apareció enlutado, la Reina de Tardajos y su criado subían al cadalso levantado en el Ferial. El desgraciado amante pidió, por única gracia, ser ajusticiado después que lo hubiera sido su compañera, por temor de que las riquezas y su hermosura la libraran del patíbulo. Pascuala fue ejecutada a la vista de su criado y cómplice y seguidamente éste pagó su delito en la misma forma.

Ambos lloraron tarde su pecado para la sociedad, pero no para Dios: su arrepentimiento fue tan sincero, que el confesor de Pascuala, Don Julián Celorrio, llegó a decir que había muerto como una santa.

El cadáver de la Reina fue enterrado en el atrio de la Soledad, en un hoyo al cual afluía el agua con abundancia. Blancos copos de nieve eran las lágrimas que caían alrededor de su sepultura. ¡Hermosas jóvenes que en el paseo de la Soledad estáis pensando en la belleza: dedicad un recuerdo a la Reina de Tardajos y miraos en su espejo! Las galas de su vanidad y los consejos de las pasiones, se convirtieron un día en la amarillenta hopa y el trono de su orgullo en un patíbulo. Los que entonces eran niños y presenciaron el triste espectáculo de su ejecución, recuerdan de una bofetada que se estampó en sus mejillas: era la mano del padre o de la madre que les querían decir: «aprende».

III

Pascuala Calonge había dejado una hija. La impresión que había causado su muerte se iba borrando de la memoria... Una persona de su familia compraba, pocos años más tarde, una casa que daba enfrente de la ventana del calabozo que en la cárcel había ocupado Pascuala. ¡Cosas de la vida! Si esa ventana del calabozo hubiese podido hablar, habríamos oído al mismo tiempo los lloros de Pascuala y las risas de sus parientes.

Pasaron años y más años: ya nadie, ni su propia hija se acordaba de aquel día de invierno de 184 ... y ésta pensó en casarse.

Pocos días antes de la boda, en la puerta de una tienda de carpintería de la calle de la Zapatería, estaba de pie y completamente absorto mirando unas caballerías cargadas que iban abajo, el maestro carpintero, a quien sacó de su éxtasis un sacerdote.

—¿Qué le ocurre a V., maestro? —díjole el Beneficiado.

—No sé, no sé, Don Atanasio. ¿Ve usted aquellas caballerías que llevan una cama ... ?

—Sí, por cierto, es la que usted ha labrado en su taller.

—Pues bien: la han comprado unos novios: en ella pasarán la noche de bodas ... , ¿comprende usted ... ?

—Comprendo: las tablas son las que sirvieron para el patíbulo de la Reina ...

—Puntualmente.

—Y en la testera intercaló usted el palo en que fue sujetada la argolla.

—¡Eso es! ¡admírese usted, don Atanasio!

—Verdad, maestro. ¿Quien les dijera a los novios ... ?

—¡Ah, no señor, líbreme Dios de pensarlo siquiera! ¿Usted no sabe, don Atanasio ... ?

—Pues, ¿qué?

—Que la novia es ... —y el maestro no pudo proseguir sin derramar una gruesa lágrima. El sacerdote y el maestro estuvieron un momento como presos de una terrible visión. La campana de la Colegiata daba la última señal para el coro, y el Beneficiado, sin levantar la mirada ... del suelo, murmuró: justicia ... , justicia ... El maestro respondióle: ¡horrible secreto ... !, y se quedó más preocupado que antes.

IV

En lo alto de la Dehesa dos parejas iban tramando una conspiración horrible: una esposa iba a ser infiel a su marido y una doncella iba a vender su honra. La noche era tranquila: el cielo encapotado rasgóse para dar paso a un rayo de luz occidental que fue a parar a la misma esquina de la Soledad.

—¡Rara ocurrencia! —dijo la atropellada esposa—; mira que va a ser inoportuna esa luz ...

—...La luna es muy discreta —respondió uno de ellos.

El rayo de luz iba corriéndose hacia donde estaban los cuatro, cómo luz de una linterna guiada por mano curiosa y se iba acercando ...

Pronto dejóse ver entre las fantásticas sombras de los árboles un bulto semoviente ... , una cosa blanca primero, amarilla después ... , luego un rostro de mujer ... , y unos cabellos rubios sueltos a las espaldas y finalmente, una hopa.

—¿Quién? —preguntó iracundo el seductor de la esposa.

—¡Huyamos! —gritó en aquella soledad la incauta doncella, echando a correr en dirección opuesta. Su ama, la casada, sobrecogida de miedo, preguntó ...

—¿Qué es eso? ...

—¡Oh! —respondió la sirvienta huyendo!

¡La Reina de Tardajos!

 

 

Más información


  •  • Recopilado y anotado por Florentino Zamora Lucas, Correspondiente de la Real Academia de la Historia.
  •  • El nombre de los pueblos concuerda con el que era utilizado en la época del texto.

 


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