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La hermosa de la mancha roja

La hermosa de la mancha roja

Leyendas amorosas  Más información

Leyendas en tierras de Santa María de Huerta


UBICACIÓN DEL RELATO  flecha Santa María de Huerta  |  Castillo de Belimbre

 

El castillo de Belimbre, en el término de Huerta, fue una de las avanzadas árabes en tiempos de la Reconquista. Bajo su protección se extendía el pueblo, bien amurallado, de Villa Huerta. La conquista de estos territorios, iniciada por Fernando I, fue consolidada en tiempos de Alfonso VI. Don Suero del Valle, el castellano que se había distinguido por sus servicios al Rey y por la nobleza de su espíritu, mandaba las huestes que tomaron el castillo.

Llegó al pueblo de Villa Huerta una noche y sorprendió a los árabes desprevenidos, tomando la ciudad sin gran esfuerzo. Pero el asalto del castillo, defendido por el valeroso y orgulloso alcaide almohade Aben-Zaide, fue duro y difícil. Don Suero, aconsejado por la prudencia, ordenó suspender el asalto y propuso a sus defensores una honrosa capitulación; pero la respuesta arrogante del almohade decidió que se renovase el ataque. Antes, don Suero dio una prueba de su generosidad. Tenía Aben-Zaide una hija a quien adoraba; se llamaba Zulima y era un prodigio de inteligencia y de belleza. En muchas leguas a la redonda se hablaba de su hermosura, y don Suero, que tenía noticia de ella, envió un mensaje al alcaide, ofreciéndole un lugar seguro para su hija mientras durase la contienda, para apartarla de la lucha. La proposición fue rechazada con igual altivez que la de capitulación, y don Suero dio a sus soldados la orden de asalto.

La lucha fue larga y feroz. El caudillo cristiano, secundado por sus más valientes soldados, escaló el torreón más defendido, el que guardaba Aben-Zaide; era el torreón de Zulima. Penetró, pues, donde su valiente adversario combatía heroicamente, y se encontró frente a frente con él. Cuando los guerreros iban a acometerse, se oyó un grito que por un momento detuvo, sorprendidos, a los cristianos. Era la bella Zulima, que acababa de entrar en la estancia. Don Suero, al verla, intentó una vez más suspender la lucha y prometió al alcaide su libertad y la de su hija si se rendía; pero, en respuesta, los árabes se precipitaron con furia contra los cristianos. Don Suero, desechando su pensamiento generoso, se batió con la fiereza de un león. Durante algún rato el combate entre los dos caudillos estuvo equilibrado. Zulima presenciaba la escena en silencio, hasta que su padre cayó herido de muerte. Entonces, profiriendo un grito desgarrador, se lanzó sobre él.

La hija de Aben-Zaide no pareció guardar rencor al matador de su padre. Recibió de éste toda clase de consideraciones y siguió viviendo en su torreón, rodeada de su servidumbre. La generosidad de Don Suero alcanzó también a los moradores árabes del territorio. Les dejó libertad de costumbres y de creencias, y muchos de ellos se convirtieron en sus amigos.

Enterado el rey Alfonso VI de su victoria, le concedió por juro de heredad el señorío de Villa Huerta. Estaba don Suero prometido con doña Luz, bella doncella cristiana, con la que no había contraído todavía matrimonio por no haber tenido hasta entonces nada digno que ofrecele. Al encontrarse dueño de sus nuevos dominios, y después de realizar mejoras en la villa y construir un nuevo castillo, al otro lado del río Jalón, fue en busca de su prometida, la hizo su esposa y regresó con ella a Belimbre.

Los recién casados fueron recibidos con alegría y con grandes festejos por españoles y árabes. Sólo Zulima estaba triste. Se había enamorado de don Suero el día que le vio luchar contra su padre, y desde entonces su amor no había hecho más que crecer. Don Suero había evitado verla con demasiada frecuencia, tal vez presintiendo un peligro en su maravillosa belleza, y la mora, tan apasionada como orgullosa, había disimulado su despecho. Cuando el castellano de Belimbre, regresó a sus dominios, acompañado de su esposa y radiante de felicidad, el despecho de Zulima se convirtió en odio, y su pena en desesperación. Don Suero, tal vez adivinando su pena secreta, le ofreció una quinta que poseía en la ribera del Tajo, donde podrían hallar descanso y alivio sus pesares, pero ella rechazó rotundamente su ofrecimiento. Cuando don Suero dejó a la hija de Aben-Zaide, no pudo menos de estremecerse al recordar su sombría y ardiente mirada.

Pasó el tiempo. Los castellanos de Belimbre tuvieron su primer hijo. Lo mismo ellos que las gentes del señorío vivían tranquilos y felices. No podían adivinar la espantosa tragedia que se avecinaba.

Una noche la villa comenzó a arder por los cuatro costados.

Don Suero se despertó sobresaltado, y sin perder un instante se puso al frente de su gente para sofocar el incendio. Durante toda la noche lucharon heroicamente con las llamas. A pesar de la confusión, don Suero se dio cuenta de que el fuego partía de puntos diversos, circundando la población. La sombra de una sospecha pasó por su espíritu, pero su nobleza la rechazó. A la mañana siguiente se había sofocado; pero la mitad de la villa estaba en ruinas.

Don Suero regresó al castillo, agotado por el esfuerzo hecho, y deseoso de reunirse con doña Luz, pues temía que estuviese intranquila por él. Al entrar en la cámara de su esposa se quedó petrificado de horror. En el lecho yacía su cuerpo ensangrentado y la cuna del niño estaba vacía, Sus gemidos de desesperación resonaron por el castillo, y la desolación se extendió a los suyos. Nadie sabía quién había sido el asesino, y como la guardia respondía de que en toda la noche nadie había entrado en el castillo, se dedujo que el malhechor tenía que hallarse en su interior. La doncella de doña Luz, que habitaba la antecámara de su señora, confesó que se había ausentado por algunos momentos y que al volver a la antecámara, sólo había encontrado a Nizio, el esclavo de Zulima, quien le dio un refresco de los que solía hacer con tanta habilidad, y que, al poco rato se había quedado dormida.

El esclavo fue buscado por todas partes, pero nadie pudo encontrarlo, y don Suero, que comenzaba a comprender lo sucedido, corrió rápido al torreón de Zulima. La puerta estaba cerrada y nadie respondió a su llamada. Se dispuso a deshacerla con su hacha, cuando oyó del otro lado la voz de su hijo, y entonces, pensando que la violencia podría serle fatal, recurrió a una estratagema. Con la voz más dulce que pudo fingir, habló a Zulima. Dijo que le perdonaba su acto, pues comprendía que lo había hecho en un arrebato de locura, y que siempre se había sentido atraído por su fascinadora belleza, pero que un juramento le había mantenido unido a otra mujer. La hija de Aben-Zaide vislumbró una esperanza. Confesó que ella misma había clavado el puñal en el pecho de doña Luz, y le habló por primera vez de la pasión que la había consumido.

—¿Qué puedo esperar de ti si te abro? —preguntó.

—Te juro por mi honor que obtendrás todo lo que mereces —contestó don Suero, y supo dar tal dulzura a su voz, que Zulima abrió la puerta y apareció ante los ojos del cristiano con todo el esplendor de su radiante belleza. La alegría de su alma la hacía aparecer todavía más hermosa, pero don Suero no tuvo tiempo para fijarse en ello: la apartó bruscamente y se dirigió rápido al fondo de la estancia, donde su hijo jugaba tan tranquilo. Cogiéndolo en sus brazos, lo cubrió de besos. Entonces Zulima, comprendiendo que había sido víctima de un engaño, preguntó con voz trémula:

—¿Y qué es lo que merezco?

—¡El cadalso! —replicó duramente don Suero.

Y en el momento en que se disponía a salir con su hijo en los brazos para llamar a sus servidores, la hija de Aben-Zaide se arrojó desde una almena de su torreón, estrellándose contra las rocas.

Don Suero del Valle cobró horror al castillo de Belimbre, y se lo devolvió al rey Alfonso VI. Las gentes de la comarca no le olvidaron nunca, pero guardaron en su memoria más viva la figura trágica de Zulima. Todavía ven, en las noches tormentosas, cómo su sombra se acerca al río para tratar de lavar una mancha de sangre que le cayó en un pie, cuando asesinó a la castellana de Belimbre. Mas no lo ha logrado ni lo logrará jamás. Las gentes de la comarca la conocen con el nombre de la Hermosa de la Mancha Roja.

 

 

Más información

  • En esta leyenda se trata de la conquista de la villa de Santa María de Huerta, realizada por don Suero del Valle, Señor del castillo de Belimbre, situado frente a la villa, así como relata el incendio del castillo por la mora Zulima.
  • Publicado este resumen en la Antología de Leyendas de la literatura Universal, por Vicente García de Diego, Madrid, tercera edición, Ed. Labor, 1954, páginas 239-241.

  •  • Recopilado y anotado por Florentino Zamora Lucas, Correspondiente de la Real Academia de la Historia.
  •  • El nombre de los pueblos concuerda con el que era utilizado en la época del texto.

 


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