Menu
A+ A A-

Hernán Martín de San Clemente

Hernán Martín de San Clemente

Leyendas históricas  Más información

Hernan Martín de San Clemente (TRADICIÓN SORIANA)


UBICACIÓN DEL RELATO  flecha Soria

 ≈ Por ANTONIO PÉREZ-RIOJA

 

I

Corría el año de 1263.

Castilla, gobernada a la sazón por aquel rey a quien la posteridad ha conocido con el renombre de «Sabio», entraba en un período de su vida social, del que irremediablemente había de nacer la edad moderna.

Aparentando olvidar que su necesidad más apremiante era la expulsión completa de los moriscos, que aún no se habían dejado arrancar todos los reinos del Mediodía, y aplazando la reconquista material, el rey Alfonso trabajaba por organizar y constituir política y civilmente su reino.

Castilla, por lo tanto, se concentraba en sí misma, y su vida era toda interior. La nobleza, llegando a ser poderosa, se había hecho insolente también, desde que el rey Sabio siguiendo opuesta marcha a la que su padre San Fernando había llevado con los orgullosos magnates, y creyendo hacer así de los nobles, afectos amigos y buenos servidores, dándoles mercedes, los hizo más soberbios y exigentes.

Dueños de vidas y fortalezas los altivos señores, y devorados siempre por ambiciones personales, poco les importaba hacer frente a su señor natural, si sus demasías o desafueros con los pueblos no eran del agrado del soberano.

A esta clase de nobles turbulentos pertenecía Juan de Luna que en aquel año guardaba en nombre del rey el castillo de Soria, a cuyo pie se extendía, como hoy, la ciudad que por esta causa tomó el nombre de Soria o Soória.

Cruel por instinto, el altanero Alcalde hacía sufrir toda la tiranía de sus malas inclinaciones a los buenos moradores de Soria, que ya en más de una ocasión habían querido poner coto a sus vejaciones.

Entre los que sostenían sus franquicias, se distinguía el noble caballero Hernán Martín de San Clemente, que desempeñaba en la ciudad el cargo de fiel defensor de sus derechos. El orgulloso Luna, mal intencionado, como todos los tiranos a quienes hace daño que corazones esforzados se opongan a sus proyectos, odiaba con toda su alma y había jurado, según de público se decía por la ciudad, vengarse del caballero soriano a quien siempre veía oponerse con valentía a los abusos y desafueros, sin los que no sabía sobrellevar su soledad en el castillo el mal avenido gobernador.

Sabiendo, como todos, el esforzado jefe de los San Clementes, que su vida peligraba, no se intimidó, sin embargo, por las amenazas de su contrario, y seguía en su puesto inalterable defendiendo siempre a sus deudos y vecinos de las agresiones de aquél.

Así pasó algún tiempo.

Una tarde del mes de diciembre llegó a la morada que habitaba el generoso caballero un mensaje del castillo en que, a pretexto de arreglar diferencias pasadas, invitaba el gobernador a Martín de San Clemente a una entrevista aquella misma noche dentro de la fortaleza.

Vanos fueron los ruegos, de su esposa, a quien no pudo ocultar esta noticia, para disuadir al celoso procurador de esta ciudad de asistir a aquella cita, que no miraba más que como torpe pretexto para satisfacer una venganza. El ánimo esforzado de Hernán Martín no podía soñar una perfidia semejante; y, por otro lado, aun, caso que lo sospechara, tenía demasiado impresas en su corazón aquellas palabras del poeta Horacio: «Cuán dulce es morir por la patria».

Respondió por tanto, confiado y tranquilo, al taimado Luna, que así que la ciudad se envolviera en los misterios de la noche, él correspondería cortés a aquella invitación, que no creía un lazo preparado a su hildalguía.

A nadie más confió el valiente caballero la extraña conferencia que se le proponía y la arriesgada resolución que hubo de tomar.

Acompañado de su hijo, a quien consintió tan sólo que le siguiera, por dar éste gusto a su esposa, que presa de fundados temores había pretendido en vano que fuese escoltado por algunos de su servidumbre, Hernán Martín, ceñida la espada y envuelto en su tabardo, salió de su palacio cuando en las oscuras y solitarias calles de la población no se oía más ruido que el de la lluvia que el viento azotaba contra las negras paredes de los edificios.

II

La lluvia arreciaba y los arroyos corrían por las calles en dirección al Duero, presurosos como un hijo en busca de su padre.

Pegados en los muros del alcázar, donde el renombrado Alfonso el de las Navas había visto deslizarse sus primeros años, al abrigo de las turbulencias, que los nobles de aquel tiempo levantaron alrededor de su cuna, podía haber observado algún vecino trasnochador de la ciudad de Soria un grupo misterioso, resguardado de la lluvia sacudida por el vendaval en dirección contraria.

Aproximándose luego, pudo ver que aquella gente, a juzgar por el traje, pertenecía a aquella ínfima clase de los «bravos» de quien los nobles se servían para los lances, poco limpios, en que sus personas hubieran podido comprometerse o deshonrarse.

—¡Rayo de Dios! —decía con voz avinada un hombre que al parecer era el capitán de aquella gente—. Buena noche ha elegido nuestro señor y dueño para trincar al linajudo; a fe que la cama que ha de abrigarlo esta noche no la tiene tan corriente en su caserón de la plaza de San Clemente.

—Oye, Mala-Testa —objetó uno de los forajidos del grupo—, si viene acompañada la res, durillo nos va a ser acorralarla. Bueno sería que la gente se alargara por la pared para tomarle todas las vueltas.

—Tiene razón, como en todo, maese Burguillos —gruñeron a coro todos los demás.

—Pues, como culebras, hijos míos —gritó el Jefe—, y buen ojo, que si el marrano gruñe antes de abrirle el garguero, mañana nos cuelgan los sorianos para que nos venteemos en los altos de Santa Bárbara. Los puñales entre el coleto y al olivo.

Así dispuestos, uno tras otro, hasta el número de doce, se arrastraron a lo largo del muro aquellos miserables, a esperar el instante de poder cometer una fechoría.

Desierta al parecer quedó toda la calle.

En la torre de Santa María la Mayor, tocaban entonces a la queda, y aquellas campanadas eran acaso los últimos rumores que los vecinos honrados oían hasta la mañana siguiente.

A poco por la bajada de la Plaza, que está frente a la Iglesia, se oyeron pasos y dos bultos negros aparecieron en la esquina, que tomando la izquierda se alejaron en dirección al castillo.

Aquellos dos hombres embozados pasaron por delante del alcázar, conocido hoy con el nombre «Suero de Vega», y cuando dejaban ya a su espalda casi todas las casas de la ciudad, y el palacio de doña Urraca, se levantaban para echarse sobre ellos los doce forajidos que los esperaban.

Uno de los embozados se paró y sacudiendo la capa, que chorreaba el agua a caños, lo mismo que la de su acompañante, le oyeron decir los que estaban apostados:

—Hijo mío, retírate, que no es prudente que vean en el castillo que he necesitado quien me acompañe.

En aquella voz reconocieron al esforzado defensor de la ciudad, Martín de San Clemente.

—Señor —contestó el joven—; si he de obedecer a mi madre, que con lágrimas en los ojos me mandó que no os abandonara hasta que volvieseis a salir de la fortaleza, preciso me va a ser desobedeceros. Si algún riesgo corréis, quiero que mi madre vea que lo he compartido con mi padre.

Aquellas palabras, que eran los deseos de dos personas a quien amaba tanto, enternecieron al anciano.

—Está bien, acepto tu ayuda y compañía —le contestó a su hijo—, yo diré al gobernador que mis achaques me impiden en noches como esta, salir solo por esas calles encharcadas. Pero apresuremos el paso, que la fortaleza está cerca, y no son el sitio y la hora lo más a propósito para departir cuestiones, aunque son amigables.

Un ¡ay! con el que arrancó el alma de Martín de San Clemente, detuvo el paso del hijo, que al ver caer a su padre en tierra, no tuvo tiempo de ver los asesinos que le rodeaban. Echándose sobre él, con la velocidad del rayo, fue a clavarse en el corazón la daga que su padre al caer de espalda se había introducido hasta el pomo, y que salía ensangrentada por su pecho.

Los miserables asesinos se habían acercado cautelosamente a las desprevenidas víctimas; y al observar el estupor del que tan traidoramente había atravesado por la espalda al ilustre Hernán Martín, exclamaron con feroz y salvaje alegría:

—Lucifer nos lo pague, estocada más doble, por San Humberto, que no se da en toda Castilla.

El cobarde matador señaló a sus cómplices con el dedo la dirección que habían de tomar, y así que hubieron desaparecido, se encaminó hacia el castillo murmurando: ya está servido mi noble señor.

El padre y el hijo quedaban exhalando abrazados el último suspiro, entre el barro que se amasaba con su sangre.

III

La noticia de la alevosa muerte dada a Hernán Martín y a su hijo; cundió al otro día por el pueblo como la llama que se propaga en una gasa delicada. En el primer instante en que la exacerbación había llegado a su colmo, nobles y pecheros corrieron al castillo a vengar la muerte de los infortunados nobles, pues, para todos, el causante de aquel desastroso drama no podía ser otro que el odiado gobernador.

El miserable Luna, sin tratar de sincerarse, se había negado de todo punto a permitir la entrada en el castillo, y entonces el pueblo entero se empeñó en asaltar la fortaleza que albergaba al traidor. Vana fue la tentativa, y por algunos días pudo el bien defendido Luna resistir el ataque sin riesgo alguno.

Pero lo que no pudieron hacer los esfuerzos aislados de los sorianos, a los que no faltaban bríos, sin embargo, lo consiguió el infante don Sancho, que, al saber el horroroso atentado que tanto lastimara a la leal ciudad de Soria, acudió con las gentes de armas que su padre tenía en el castillo de Gormaz.

El rebelde vasallo Juan de Luna cayó atravesado en el muro de un saetazo en el cerco que Sancho el Bravo se vio obligado a poner al Castillo; y su cabeza clavada en una pica por los mismos que con él le defendieron, fue entregada con las llaves de la fortaleza, al hijo del Rey que tan pronto acudió a vengar a los sorianos.

A Mala-Testa y cómplices, la justicia de Dios les dio, tiempo después, su merecido.

 

Más información

  • Publicada en Recuerdo de Soria, 1896, Segunda época, núm. 5, págs, 17-20. Sobre la impresionante tragedia de los «San Clementes» escribieron Mosquera de Barnuevo, y el Dr. Tutor y Malo, pero no dan detalles de los asesinatos de los Fieles de la Ciudad; insisten más en la prisión de Juan de Luna y en la entrega de sus fortalezas. Pérez-Rioja publicó una tradición, sin ningún valor histórico, que es la que damos aquí, aunque atribuye el suceso al siglo XIII, año 1263.
  •   
  • Miguel Martel aporta en su manuscrito una declaración de un criado de Alonso de San Clemente, testigo presencial, sacada del proceso y da la fecha de 1459, 11 de enero. Nicolás Rabal y Loperraez copian el relato de Marte!. En el Archivo del Palacio Episcopal de Osma (Conventos) existe también un relato del suceso.
  •   
  • Posteriormente Faustino Menéndez y Pidal publicó una nueva relación de los sucesos, sacándola de las dos copias que consultó en el Archivo de la familia de San Clemente en Corella, de letra del siglo XVIII y la dio a luz en la revista soriana Celtiberia, año 1963, págs. 7 a 27.
  •  • Recopilado y anotado por Florentino Zamora Lucas, Correspondiente de la Real Academia de la Historia.
  •  • El nombre de los pueblos concuerda con el que era utilizado en la época del texto.

 


subir_1

 

Free Sitemap Generator