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Fortún Pérez

Fortún Pérez

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Fortún Pérez (TRADICIÓN DE HINOJOSA DE LA SIERRA)


UBICACIÓN DEL RELATO  flecha Hinojosa de la Sierra

 ≈ Por MANUEL GARCÍA VINUESA

 

I

—No; por pronto que quieran llegar tendremos aquí las fuerzas que manda Rodrigo Barnuevo, de los Linajes de Soria, y entonces nuestro será el triunfo.

—Dios os oiga, pero temo, mi querido Don Alvaro, que un desengaño venga a rasgar el ilusorio velo de dicha que vos divisais tan lejos que como su nombre indica está por venir.

—¿Y qué?

—Que muy bien pudiera quedarse en el camino.

—¡No es posible!

—¿Así lo juzgáis vos? ¡Oh señor! Nada hay más fácil. Figuraos que los moros han deshecho a los nuestros. En tiempo de guerra bien sabéis que la experiencia nos enseña a temerlo todo.

—Cierto, mas si eso sucediera las consecuencias serían muy tristes.

—¡Ah! Lleváis razón, pero dispensadme os diga que por nuestra parte no íbamos a entregarnos, así como así, puesto que sorianos somos y la historia nos enseña, que los numantinos prefirieron la muerte antes que sufrir el yugo de los enemigos.

—¿Según eso, los hijos de Soria imitaréis su ejemplo?

—¡Siempre!

—¡Gran confianza tenéis en vuestras fuerzas!

—Es que en nuestro patrimonio sólo figura el valor y la lealtad.

—¡Bravo, Fortún! ¿De modo que estáis dispuesto ... ?

—A dar mi vida, si preciso fuera, por el honor de Castilla.

—¿Vos sólo?

—¡Sí! ¡Nada hallo de extraño en ello! ¿Os reís? Dejadme explicar y veréis cómo no me falta la razón.

—Hablad.

—Aunque un guerrero se encuentre aislado en el campo de batalla, no por eso se halla solo.

—¿Quién está con él?

—La Madre del Ser Todopoderoso. Ella nos infunde fuerza suficiente para vencer en la pelea y sólo de ese modo podremos exterminar la morisma y echarla fuera de nuestro territorio. Mas temo que no sea posible lograr este deseo en largo espacio de tiempo.

—¿Qué osáis decir?

—La verdad.

—¿Es que creéis, por ventura, que algún día no hagamos desaparecer esa turba que nos acosa e inquieta? Antes la muerte.

—Sí; pero sin alcanzar el fin que nos proponemos.

—¿Tenéis miedo?

—No me arredra morir, ya os lo he dicho.

—¿Entonces?

—Un vago presentimiento asalta mi corazón.

—¡Callad!

—Pido perdón si en algo pude ofenderos.

—Salid de la estancia y no volváis hasta que os llame. Vigilad y avisadme si algo anormal sucede.

II

Cumpliendo las órdenes que recibiera, hallábase Fortún paseando alrededor del Castillo de Hinojosa de la Sierra, con el corazón tranquilo y el pensamiento muy lejos de aquellos tristes lugares en que la conversación favorita era la guerra, con todos sus horrores que nos hacen retroceder a aquellos tiempos en los cuales no se conocía más derecho que el de la fuerza. Ayer como hoy y hoy como mañana los hombres no piensan más que en someter a su poderío al débil y aplicar los últimos inventos para destruir a los demás en la sangrienta lucha que no se pudo abolir.

Ya hacía rato que Fortún se encontraba vigilando, cuando vio, a la luz de un relámpago, en lo más alto del monte, no lejano, un grupo de moros.

Comprender la proximidad del peligro, prevenir a los soldados y avisar a su señor todo fue simultáneo. Don Alvaro no dio crédito a que fueran infieles los hombres que se veían y que no podían ser otros que los vasallos de Rodrigo Barnuevo. Mas no por eso dejó de tomar las necesarias precauciones para caso de que fueran atacados y llamando aparte a Fortún, díjole:

—Soriano; se os presenta ocasión de probar que con la espada sabéis sostener lo que antes me dijisteis. Espero no tendréis inconveniente en someteros a una prueba, caso de que sea cierto el que los contrarios estén tan cerca, aunque yo para mí creo que todo eso es hijo de vuestra loca imaginación, más de poeta que de hombre de armas. Si es el enemigo, pedid la fuerza que os haga falta y salid a su encuentro, con la condición de que no debéis volver si no sois portador de algún trofeo, muestra de la victoria, y yo, en cambio, prometo haceros un presente de valía que os proporcione lo suficiente para pasar tranquilos días de la vejez.

III

Fortún al frente de una mesnada marchaba, por un atajo, camino del monte; al llegar a éste dio órdenes, y cada cual por su lado, subieron a la cumbre donde acampaban los moros de regreso de una de sus frecuentes correrías en las que talaban el campo enemigo y cargados de botín volvían a sus dominios.

A una señal convenida precipitáronse los cristianos sobre los contrarios entablándose sangrienta lucha, que terminó con la huida de los sorprendidos infieles que creyendo haber sido atacados por gran número de castellanos, bien pertrechados, escaparon abandonando riquísimo botín, producto de su última algara.

IV

Si grande fue la victoria aún más gloriosa se puede considerar la entrada del buen soriano Fortún Pérez en el Castillo de Hinojosa de la Sierra. Don Alvaro le salió al encuentro y dándole un fuerte abrazo, le dijo:

—Veo que tenéis palabra y que cumplís lo que prometéis.

—Es inmerecido el honor que me tributáis, puesto que nada hice de extraordinario.

—Supisteis infundir valor a unos cuantos mesnaderos y no sólo traéis trofeos del enemigo sino que repartisteis entre los vuestros lo mucho que hallasteis abandonado y que pudo enriqueceros.

—Soy justo; ellos me auxiliaron y yo les premié a mi modo.

—¿Y de vos, que sería sin la recompensa ofrecida?

—No soy ambicioso; podéis guardárosla, señor, si así os place. Sólo quise probar, una vez más, que teniendo confianza en la Virgen, el guerrero se arriesga y pelea con la seguridad de que al morir se abren para él las puertas del cielo.

—¿Y si no muere?

—Ha cumplido con un deber sagrado y su conciencia no puede atormentarle.

—¡Lleváis razón! La vida es una lucha perpetua en la que el hombre no puede ser feliz si no tiene amor a ese Ser a quien damos el nombre de Dios.

—Nacimos para pelear y por doquiera nos rodea el infortunio.

—Mas al fin de la jornada se halla la merecida recompensa y por eso, cumpliendo la palabra que empeñé, os concedo una extensión de terreno de mi propiedad a orillas del río Duero.

V

Pasó el tiempo y el guerrero Fortún Pérez, dejó al morir a una hermana los terrenos de Don Alvaro Garci-Hernán, y ésta, por último, los cedió a los pueblos de Hinojosa de la Sierra, Langosto, Vilviestre, El Royo y Derroñadas con la condición de que anualmente debían celebrarse misas por las ánimas de los generosos donantes.

 

Más información

  • Publicada en Recuerdo de Soria, núm. 5, 1896, Segunda época, págs. 43-47.

  •  • Recopilado y anotado por Florentino Zamora Lucas, Correspondiente de la Real Academia de la Historia.
  •  • El nombre de los pueblos concuerda con el que era utilizado en la época del texto.

 

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