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Ruta Machadiana de Alvargonzález

Casa del Indiano en Cidones Laguna Negra Itinerario de la Ruta

Rutas Literarias

Por los escenarios que impresionaron al poeta


Durante el otoño de 1910 Antonio Machado realizará un viaje hasta el nacimiento del Duero. El itinerario le llevó primero hasta Cidones, donde pasaría su primera noche. Desde allí, tras pasar por la pequeña aldea de La Muedra (hoy sumergida por el Embalse de La Cuerda del Pozo), pasó por Vinuesa, Salduero y Covaleda, lugar elegido por Machado para pasar su segunda noche.

Duruelo de la Sierra fue la siguiente etapa de Don Antonio camino de la Sierra de Urbión y el nacimiento del río Duero. En este espacio natural, entre las escarpadas montañas, pudo ver la Laguna Negra donde el poeta situará el escenario trágico de La tierra de Alvargonzález, una de sus obras más conocidas.

Machado escribe en 1912 en prosa la novela que después versaría en abril de ese mismo año. Alvargonzález es asesinado por dos de sus tres hijos que tienen prisa para el cobro de la herencia. La Laguna Negra es el lugar que eligen para deshacerse del cadáver. El crimen lo paga un inocente que es condenado al garrote y la esposa del difunto, madre de los asesinos, muere de pena. Su avaricia tiene el pago que no esperan al dejar de producir las tierras. El hermano emigrado, a su regreso, compra parte de las tierras a sus otros hermanos y obtiene grandes cosechas. Los remordimientos corroen a los asesinos que acaban vendiendo lo que les queda y emigrando, al pasar cerca de la Laguna Negra, se pierden en la noche y acaban en su aguas.

 

Machado describe en esos versos la laguna de forma magistral:

 

La laguna Negra de Urbión

Llegaron los asesinos
hasta la Laguna Negra,
agua transparente y muda
que enorme muro de piedra,
donde los buitres anidan
y el eco duerme, rodea;

agua clara donde beben
las águilas de la sierra,
donde el jabalí del monte
y el ciervo y el corzo abrevan;

agua pura y silenciosa
que copia cosas eternas;
agua impasible que guarda
en su seno las estrellas

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La Laguna Negra y su entorno en otoño e invierno

SORIA EN LA RETINA ≈ Las galerías fotográficas de José Antonio Díaz  © JaDíaz


 

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    • Un poco de Historia

    • Llegado el mes de septiembre de 1910, Antonio Machado decide ir en compañía de unos amigos a visitar el nacimiento del río Duero. El recorrido que hará es de Soria a Cidones en coche correo, hasta Vinuesa andando, y a caballo hasta Covaleda. Desde allí les sorprende una tormenta y deciden bajar hasta La Laguna Negra. El paisaje y las historias de asesinatos por motivo de la envidia que escucha, le inspiran el romance La Tierra de Alvargonzález.

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  • Así comienza el sobrecogedor texto de Don Antonio

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  • Una mañana de los primeros días de octubre decidí visitar la fuente del Duero y tomé en Soria el coche de Burgos que había de llevarme hasta Cidones. Me acomodé en la delantera del mayoral y entre dos viajeros: un indiano que tornaba de Méjico a su aldea natal, escondida en tierra de pinares, y un viajero campesino que venía de Barcelona donde embarcara a dos de sus hijos para el Plata. No cruzaréis la alta estepa de Castilla sin encontrar gentes que os hablen de Ultramar.
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  • Tomamos la ancha carretera de Burgos, dejando a nuestra izquierda el camino de Osma, bordeado de chopos que el otoño comenzaba a dorar. Soria quedaba a nuestra espalda entre grises colinas y cerros pelados. Soria mística y guerrera, guardaba antaño la puerta de Castilla, como una barbacana hacia los reinos moros que cruzó el Cid en su destierro. El Duero, en torno a Soria, forma una curva de ballesta.
  •   
  •  ........
  •   
  • El indiano me hablaba de Veracruz, mas yo escuchaba al campesino que discutía con el mayoral sobre un crimen reciente. En los pinares de Duruelo, una joven vaquera había aparecido cosida a puñaladas y violada después de muerta. El campesino acusaba a un rico ganadero de Valdeavellano, preso por indicios en la cárcel de Soria, como autor indudable de tan bárbara fechoría, y desconfiaba de la justicia porque la víctima era pobre. En las pequeñas ciudades, las gentes se apasionan del juego y de la política, como en las grandes, del arte y de la pornografía -ocios de mercaderes-, pero en los campos sólo interesan las labores que reclaman la tierra y los crímenes de los hombres.
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  • -¿Va usted muy lejos? -pregunté al campesino.
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  • -A Covaleda, señor -me respondió-. ¿Y usted?
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  • -El mismo camino llevo, porque pienso subir a Urbión y tomaré el valle del Duero. A la vuelta bajaré a Vinuesa por el puerto de Santa Inés.
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  • -Mal tiempo para subir a Urbión. Dios le libre de una tormenta en aquella sierra.
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  • Llegados a Cidones, nos apeamos el campesino y yo, despidiéndonos del indiano, que continuaba su viaje en la diligencia hasta San Leonardo, y emprendimos en sendas caballerías el camino de Vinuesa.
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  • Siempre que trato con hombres del campo, pienso en lo mucho que ellos saben y nosotros ignoramos, y en lo poco que a ellos importa conocer cuanto nosotros sabemos.
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  • El campesino cabalgaba delante de mí, silencioso. El hombre de aquellas tierras, serio y taciturno, habla cuando se le interroga, y es sobrio en la respuesta. Cuando la pregunta es tal que pudiera excusarse, apenas se digna contestar. Sólo se extiende en advertencias inútiles sobre las cosas que conoce bien, o cuando narra historias de la tierra.
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  • Volví los ojos al pueblecillo que dejábamos a nuestra espalda. La iglesia, con su alto campanario coronado por un hermoso nido de cigúcñas, descuella sobre una cuantas casuchas de tierra. Hacia el camino real destacase la casa de un indiano, contrastando con el sórdido caserío. Es un hotelito moderno y mundano, rodeado de jardín y verja. Frente al pueblo se extiende una calva serrezuela de rocas grises, surcadas de grietas rojizas.
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  • Después de cabalgar dos horas, llegamos a la Muedra, una aldea a medio camino entre Cidones y Vinuesa, y a pocos pasos cruzamos un puente de madera sobre el Duero.
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  • -Por aquel sendero -me dijo el campesino, señalando a su diestra- se va a las tierras de Alvargonzález; campos malditos hoy; los mejores, antaño, de esta comarca.
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  • -¿Alvargonzález es el nombre de su dueño? -le pregunté.
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  • -Alvargonzález -me respondió- fue un rico labrador; mas nadie lleva ese nombre por estos contornos. La aldea donde vivió se llama como él se llamaba: Alvargonzález, y tierras de Alvargonzález a los páramos que la rodean. Tomando esa vereda llegaríamos allá antes que a Vinuesa por este camino. Los lobos, en invierno, cuando el hambre les echa de los bosques, cruzan esa aldea y se les oye aullar al pasar por las majadas que fueron de Alvargonzález, hoy vacías y arruinadas.
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  • Siendo niño, oí contar a un pastor la historia de Alvargonzález, y sé que anda escrita en papeles y que los ciegos la cantan por tierras de Berlanga.
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  • Roguéle que me narrase aquella historia.

 

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