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La Virgen de las Espinillas

Leyendas religiosas  Más información

La Virgen de las Espinillas en Valdeavellano de Tera


UBICACIÓN DEL RELATO  flecha Valdeavellano de Tera

≈ Por LUCAS ABAD

 

Virgen de las Espinillas

El primer jueves de junio se celebra la fiesta en honor de la Virgen, que bajo la advocación de las Espinillas venera Valdeavellano en la ermita de su nombre, situada en la vertiente de una montaña.

La procesión sale del pueblo y asciende la empinada cuesta; ya en la ermita, se celebra solemne misa, terminada la cual, el sacerdote bendice los campos a todos los cuatro puntos cardinales. Unos cincuenta metros más arriba, se encuentran las ruinas de un castillo roquero (en realidad retos de un antiguo castro preceltibérico).

Sobre la ermita don Lucas de Valdeavellano escribió y publicó en 1904, la siguiente tradición o leyenda:

En aquellos siglos en los cuales los árabes eran dueños de este país, poseían castillos roqueros en las alturas de las sierras y se comunicaban las noticias pertenecientes a la guerra entre unos y otros castillos, por señales especiales.

Una de estas fortalezas hallábase situada cercana a la cumbre de una de las montañas que cercan este valle, y mandábala el jefe, un moro de alta alcurnia de la raza de los Zegries.

Joven, rico y valiente, se aburría encerrado en aquellos muros de piedra, sintiendo la nostalgia de los placeres de Córdoba y excitados los nervios por recuerdos de voluptuosas sensaciones.

En la falda de esa montaña existía Valdeavellano, pequeño pueblo con edificios humildes, pues que todos ellos pertenecían a individuos dedicados al pastoreo, que abandonaban su país y sus familias durante los inviernos, para emigrar a climas más cálidos y por lo tanto más abundantes en pastos para sus ganados.

Entre las casitas del pueblo descollaba una por su mejor construcción y por la blancura de sus paredes, cuyo dueño era un rabadán, que con honradez y economía había podido edificar aquel blanco nido para que su compañera tuviera comodidades y en el verano, junto a ella, olvidar las penalidades de los meses de ausencia.

Fruto de su cariño era una hija, tipo perfecto de hermosura de esta tierra, morena, de ojos rasgados y oscuros, de fina, negra y abundante cabellera, a quien le esperaba un porvenir tranquilo y feliz, sin grandes aspiraciones.

Inútil es decir, que era la delicia de sus padres, el encanto de los mozos y el ángel de los pobres, a quienes consolaba en sus penas y aliviaba en sus miserias, en cuanto lo permitía su pequeña fortuna; llamábase Delia; su existencia se deslizaba tranquila y por su carácter y bondad, por sus recatadas maneras y su devoción a la reina de los Angeles la llamaban la Virgen del Valle.

Una noche de crudo y terrible invierno, en que el huracán silbaba entre las almenas del Castillo, y la nieve iba cubriendo las alturas y los llanos, sentíase el jefe moro abatido y triste, más triste que de ordinario, y en su semblante revelaba una ira reconcentrada y feroz contra su destino que lo retenía en aquel sitio y privaba de cuanto su naturaleza le exigía.

Su fiel esclavo, Alí, negro como aquella noche, y como el alma de su amo, se atrevió a decir: «Señor, no dejéis a vuestro corazón que se gaste en la desesperación, si vuestro deseo anhela una hurí de vuestra patria, yo puedo daros una mujer, no tan hermosa como la que deseáis, pero sí lo bastante para haceros olvidar algo de vuestros quebrantos.

Volvióse rápido el guerrero y le ordenó que fuera a por ella y la llevase pronto al castillo. No se hizo esperar Alí y compañero de cuatro soldados descendió al pueblo y se fue derecho a la casita blanca; llamó con el puño de su alfanje, y la madre de Delia, cuya sencillez no le hacía temer daño alguno, abrió la puerta de su casita por la cual, rápidamente se lanzaron los soldados y entrando bruscamente en la cocina, se apoderaron de la hermosa niña y volvieron al castillo llevándola con cuidado, como una sagrada carga.

Delia, que al sentirse arrebatada por aquellos soldados perdió el conocimiento, volvió en sí al recibir en su rostro la impresión del aire frío. No supo a dónde era conducida, hasta que las humeantes teas de los guardianes del Castillo, le mostraron las ennegrecidas paredes de la escalera y sombríos pasadizos.

Alí, entre sus robustos brazos, la presentó en el salón de su jefe y la depositó en un adamascado diván, abandonando rápidamente la estancia, quedando solos Delia y el arrogante moro.

—¡Hermosa eres, nazarena! ¿Quiéres vivir siempre conmigo y serás la reina del castillo y el bálsamo de mis penas?

—Quiero —dijo Delia, con suave murmullo—, que me dejes ir a mi casita donde lloran mi ausencia

—No he mandado a mis soldados, que te presentaran ante mí, pero ya que lo han hecho, se lo agradezco, porque necesito prodigar el amor que se desborda en mi pecho y a nadie puedo dedicarlo mejor que a ti, hermosa cristiana, que llenas todas mis aspiraciones.

—Tengo una protectora que me librará de tus brutales anhelos y esa es la Virgen, madre de Dios hombre.

—Pues que venga a librarte pronto, porque ahora mismo he de saciar el ardor de mi alma.

Y acompañando a las palabras la acción la estrechó entre sus brazos, y al ir a imprimir un beso ardiente en sus labios rojos, cual un clavel andaluz, sintió cómo sus punzantes espinas se clavaron en su pecho y hubo de soltar el hermoso cuerpo de la serrana, que cayó pesadamente en el suelo y cruzadas sus pequeñas manos sobre su pecho, extremecióse todo su ser y quedó rígida y sin vida, yéndose al cielo su alma, al lado de su excelsa patrona y protectora.

El moro contempló, horrorizado el cadáver y loco de terror abandonó su estancia, atravesó rápidamente la puerta principal del castillo y sin saber dónde iba, se lanzó por las montañas. Nadie volvió a saber más de él.

Los habitantes del pueblo, que habían oído los gritos de la madre de Delia, y que suponían a la Virgen del Valle raptada por los habitantes del castillo, uniéronse todos, subieron la empinada cuesta, acercándose al castillo y pidieron a gritos, les fuera entregada Delia, quedando llenos de asombro, cuando el negro Alí les entregó el rígido cadáver.

Al amanecer la enterraron cerca del castillo y, andando los años, edificaron sobre su sepulcro una ermita, colocaron en su único altar una imagen de la Virgen y le prestaron culto, bajo la advocación de la Virgen de las Espinillas, en memoria de que en los labios del cadáver de la joven Delia habían notado unas pequeñas espinas:

Todos los años al volver los pastores de Extremo celebraban en junio una fiesta religiosa en memoria de tal suceso.

Cuenta la tradición, que pasados muchos años, un jueves de dicho mes, al tiempo de alzar a Dios, se arrodilló en el dintel de la puerta de la iglesia un anciano, vestido de hábito negro, con semblante noble y luenga barba y extendiendo sus demacrados brazos hacia el altar, pronunció un doloroso ¡Perdón!, y cayendo hacia adelante, escondió su rostro en el suelo, y cuando fueron a auxiliarle había muerto.

 

Más información

  • Esta curiosa y original leyenda fue publicada por don Lucas Abad en el periódico de Soria El Avisador Numantino, núm. 2.354, día 10 de junio de 1904.
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  • A los pocos días fue impugnada por Don Anastasio González, culto maestro de Soria, negando la existencia de castillos por aquel contorno, y rectificando algunos datos históricos, pues más que castillos, decía, eran «torres telegráficas de banderas» sin almenas, ni puentes levadizos. Al mes siguiente, contestaba Don Juan Lucas Abad defendiéndose y ratificando que los árabes «ocuparon este país doscientos años», que sí hubo castillos en algunos pueblos, pues se ven sus ruinas.
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  • Hizo contrarréplica el Sr. González, y terminó la polémica terciando Don José Arribas, que publicó un artículo, fechado en Garray, a 20 de julio de 1904, con el título de: Un tercero en discordia, rebosando gracia y fantasía y terminaba «Inventando» el origen de la ermita de Nuestra Señora de las Espinillas (con unos disparatados y jocosos datos históricos). Helos aquí:
  • La Ermita de Nuestra Señora de las Espinillas se remonta al reinado de Wamba, según aseguran los más ancianos de Molinos de Razón, que se hallaron en una bendición en el siglo XIV; y según escritos del tío Leopoldo Mateo, rabadán de la cabaña del Excmo. Sr. Conde de Castejón, se congregaba en el mes de Junio todo el pastoreo trashumante y en bien arreglada procesión con tamboriles y rabeles, salían a la ermita a depositar la ofrenda anual que consistía en el mejor cordero que se criaba en las frondosas riberas del Guadalquivir, y por aquel entonces llevaba el nombre de la Virgen Pastora.
  • Pero al año siguiente organizada, la acostumbrada procesión con el mismo objeto, tremolaba el pendón el bisabuelo del tío Garravis y el estandarte el primogénito de los Chomos, y en una de sus difíciles evoluciones cayó el primero, con tan mala suerte, que se hirió gravemente las dos espinillas.
  • Viéndose en tan mal estado se encomendó a la Virgen, y cuando llegó al Santuario se encontró sano y salvo, sin la más leve señal de la caída (cura milagrosa debida a la Virgen Pastora) y desde aquel momento, por aclamación del grupo pastoril se le puso el nombre de las Espinillas.
  • «Ese es el origen de la mencionada ermita, y esto es saber Historia, amigo Don Lucas ... ».

 

  • Se publicaron los artículos citados en El Avisador Numantino, de junio y julio 1904.

  •  • Recopilado y anotado por Florentino Zamora Lucas, Correspondiente de la Real Academia de la Historia.
  •  • El nombre de los pueblos concuerda con el que era utilizado en la época del texto.

 


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