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La laguna de Urbión

La Laguna Negra de Urbión (invierno) © JaDíaz

Leyendas fantásticas  Más información

La Laguna de Urbión, la Laguna Negra  (TRADICIÓN)


UBICACIÓN DEL RELATO  flecha Laguna Negra

La tierra de Alvargonzález (leyenda)  |  ➜ Ruta

 ≈ Por FERNANDO MUÑOZ DE TORROBA

 

I

En los límites de nuestra provincia (Soria) con la de Burgos y Logroño, dominando sobre todas las montañas comarcanas, que la cercan, se alza, cual inmenso gigante, la sierra o mejor dicho el pico de Urbión.

La ascensión a ella es dificilísima, tan difícil como pueda ser la subida a los más famosos picos de Europa; pero en cambio, el espectáculo que desde aquellas escuetas alturas se divisa es grandioso, y más que grandioso sublime, y transporta el alma a las más altas regiones de lo ideal.

Aquellas agrestes y desiertas regiones, parecen esos espacios imaginarios que ha colocado Milton, entre el imperio de la vida y el de la muerte.

Hacia el Norte se columbra una gran extensión toda desierta de cuyas alturas han emigrado aun los arbustos.

Esta desnudez nos recuerda a esos paisajes tristes de la parte Norte de Europa, tan bien descritos por Walter Scott en sus baladas; al Sur la región de los pinares, exacto trasunto de la Suecia y la Noruega; aseguran los del país que desde esta prominencia se ven los Pirineos; yo no puedo decir si son o no estos últimos una línea, que allá a lo lejos, a una distancia inconmensurable, se distingue, pero sí puedo decir que desde allí se ven distancias prodigiosas.

En presencia de aquel sublime espectáculo, contemplando, a vuestros pies, las nieves perpetuas que existen en Urbión, aun en los días calurosos de Estío, es cuando el alma se reconcentra en sí misma, y se conoce que es un átomo del átomo que es, en el espacio Universal, el globo que habitamos.

Y ... allí a vuestros pies, silenciosa y tranquila está la laguna de Urbión, que con sus transparentes aguas y colocada en el fondo de un ancho valle semejante a un embudo y situado al pie del pico semeja una inmensa agua marina tallada en redondo.

Sin embargo a estas aguas tan tranquilas se les atribuyen por estas sencillas gentes infinidad de superticiones como la de que rugen y se elevan cual inmenso penacho cuando hay tempestad, etc.

Entre las muchas tradiciones que acerca de esta laguna me refirió mi guía, hay una referente a su origen, que me pareció la más interesante, y que os voy a referir en cuatro palabras.

II

En tarde calurosa del mes de agosto cruzaba, por aquellos altos agrestes, un jinete en un brioso alazán.

Por efecto, sin duda, del calor y del cansancio de la subida, ambos sintieron sed, así es que, al ver a muy poca distancia un arroyuelo, el caballo relinchó alegremente y comenzó a galopar hacia él, con impaciencia:

Al llegar a él, soltó al brioso caballo su ginete y dejándolo que sumergiera su abrasada boca en sus cristalinas aguas, se dispuso a hacer lo mismo.

No habría llegado a sus labios la tan ansiada bebida cuando con gran asombro suyo oyó que el arroyuelo murmuraba: « ¡No bebas de mis aguas, desgraciado, pues vas a irritar al poderoso Tched que vive oculto en estas regiones y pagarías con la vida tamaña osadía!».

Yo no sé si el viajero atendió o no estas razones, lo que sí sé (según cuenta la tradición), que temeroso al ver que su caballo seguía bebiendo, se retiró a considerable distancia más que a paso sin cuidarse de recogerlo.

No habría andado 200 pasos cuando resonó un espantoso trueno y se abrió la tierra cerca del sitio donde el animal se encontraba; fuertes temblores de tierra conmovieron aquellos alrededores y por la hendidura asomó un horrible monstruo con la frente llena de cuernos; echando chispas por los ojos y espuma por la boca y con las patas de cabra y uñas de águila cubierto todo de asqueroso pelo.

Comenzó a rugir, y hacer temblar el terreno de rabia y con voz entrecortada exclamó: ¡Macthed, no encuentro más que al caballo! y entonces una voz que parecía salir del fondo de la tierra contestó. ¡Déjalo, que sabes no podemos oponernos a la voluntad de Dios! Entonces dio un rugido horroroso, y desapareció.

Poco tiempo después se despejó la atmósfera, salió el audaz viajero detrás de una piedra desde la cual asustado había presenciado aquella escena imponente, y vio con espanto al dirigir sus azorados ojos al fondo de la hendidura que el gigante dejara las aguas que hoy se designan con el nombre de Laguna de Urbión.

 

Más información

  • Publicada en El Oxamense, 7 de octubre de 1893.

  •  • Recopilado y anotado por Florentino Zamora Lucas, Correspondiente de la Real Academia de la Historia.
  •  • El nombre de los pueblos concuerda con el que era utilizado en la época del texto.

 

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Leyenda y realidad de la Laguna Negra


≈ Por QUILIANO BLANCO

 

Me gusta Soria. Me agrada, sobre todo, un descanso veraniego en esta Soria «fría y pura», de Machado. Según mi particular interpretación, Soria es la ciudad parque, la ciudad campo, la ciudad paisaje. El paisaje duro, áspero, bravío, hosco, de calvos serrijones y roquedas, que el poeta immortalizó en algunos de sus poemas.

Hace unos días, estando yo en Soria, el Centro Excursionista Soriano convocaba a todos los amantes del risco y del helero a una fiesta campera y deportiva en torno a la Laguna Negra. Y hasta ella subir. Tenía grandes deseos de hacer esta visita, pues estaba en deuda vergonzosa con los recuerdos —ya muy lejanos— de mi niñez, en los que la Laguna Negra se destaca sobre el fondo brumoso de tal lejanía, con formas imprecisas de mito y de leyenda.

Aunque no soy soriano, la cosa tiene una explicación sencilla, pues yo correteé en mi infancia por la carretera de Soria a Burgos, y cuando lo hacía de cara a ésta, tenía a mi izquierda —un poco delante y cerca— el Picón de Navas, y detrás de mi hombro —lejos y a la derecha— los Picos de Urbión.

Ahora, a más de sesenta años fecha, al evocar aquel Picón de Navas, se me representa como la quilla de un barco gigantesco varado y desmoronándose entre las tierras burgalesas a proa y las 'sorianas a popa. Y recuerdo los Picos de Urbión, altísimos y renegridos, encapuchados de nubes oscuras o helados de nieves luminosas. Y si fuera necesario situar geográficamente el lugar de mis recuerdos, los ubicaría exactamente allí donde el río Lobos, después de vagar indeciso por sotos apacibles, desaparece al llegar el verano —. deaparecía al menos entonces— entre los dientes carcomidos de una torca que lo saca de nuevo a la luz unos kilómetros más allá.

Bajo las cúpulas ennegrecidas de las chimeneas de campana, yo oí contar, encogido de miedo o pasmado de admiración, consejas y leyendas de la Laguna Negra. Consejas de ladrones y trabucos, de crímenes horrendos. Y bellas leyendas de duendecillos alegres y juguetones de las montañas, o de hermosas deidades femeninas que danzaban en los claros del bosque iluminados por la luz casta de una luna grande y redonda.

Recuerdo un frecuente salmodiar parecido a éste:

Encended la vela a Santa Bárbara. La Laguna Negra ha empezado a bramar. No tardará en vomitar la tormenta.

Ustedes, y yo ahora, encontramos en estas leyendas no más que el eco de los gnomos y de los monstruos nórdicos, aquellos monstruos que vomitaban fuego y hacían temblar la tierra a su paso rugiendo de manera espantosa; y también del mito griego de Vulcano, un Vulcano que se hace soriano y tiene entre las altísimas montañas de los Picos de Urbión su fragua de fabricar los rayos y centellas. Pero para mí, entonces y en aquel medio geográfico, heniles y vacas de los sotos ribereños del río Lobos, el verbo bramar era la vaca y no el rezongar del trueno, traído y llevado por entre el laberinto de montes empinados y valles hondos ...

En todas estas cosas iba yo pensando mientras la caravana de coches, interminable y jadeante, subía entre picos cada vez más espesos, más altos y más derechos y tengo que confesar que a medida que me acercaba al mito infantil de mi infancia crecía tremendamente, y por eso al coronar ya aquel último repecho y descubrir el lago, me recogí dentro de mí para vivir a solas aquel instante emocional.

No había, no, ningún monstruo bramador en la Laguna. Sólo unas aguas límpidas, quietas, transparentes, reflejando un cielo azul purísimo y había un silencio sobrecogedor, irrompible.

No vi gnomos triscando alrededor de los bordes de la Laguna, pero la indentifiqué como su pila bautismal, limpiamente adosada a un murallón granítico impresionante en verticalidad .

No había deidades femeninas peinándose en el bruñido espejo de la Laguna, pero, sin duda, ella hubiera podido ser la concha gigante, rebosando aguas claras, donde ellas se bañaran, severamente defendida de miradas torpes su total desnudez por riscos inaccesibles.

Tampoco se oían los martillos de la fragua donde se fabricaban los rayos de las tormentas.

Y sin embargo, la leyenda iba a tener sentido; una nube asomó su hombro oscuro por encima de los pinos enhiestos, y fue creciendo como si una levadura milagrera la esponjase, sin cesar; y cubrió el cielo que teníamos sobre nosotros, y apuntó débilmente el trueno; y apuntó la lluvia; y la tormenta, recién nacida, se fue hacia otras tierras lejanas acaso ya más hecha, más rotunda.

En el contacto de mis recuerdos niños con la realidad algo del mito y la leyenda quedaba en pie, firme, justificante, aunque sin satisfacer del todo mi imaginación desbordada de antaño. Pero, para mi formación de adulto, la realidad superaba la leyenda. Porque la Laguna Negra, ésta que tenía ante mí hoy, era un manadero inagotable de sublimes bellezas, de poesía última y desnuda, casi libre de la cárcel de la palabra:

 

Más información

  • Este artículo de Quiliano Blanco, publicado en Campo soriano, en el mes de agosto de 1968, merece la pena divulgarlo, por su belleza y sencillez, pues resume: airosamente, cuantas leyendas flotan sobre la impresionante Laguna Negra de Urbión.

  •  • Recopilado y anotado por Florentino Zamora Lucas, Correspondiente de la Real Academia de la Historia.
  •  • El nombre de los pueblos concuerda con el que era utilizado en la época del texto.

 


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