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Tierra de Ágreda

El Moncayo © JaDíaz Puerta califal de Ágreda © JaDíaz Campos de la Tierra de Ágreda © JaDíaz

Comarcas

Siempre fronteriza al amparo del Moncayo


• Los municipios
• Historia y Literatura

 

Es la Tierra de Ágreda una región dura y agreste, poblada de encinas, robles y matorrales, a caballo entre las comarcas ganaderas del norte de Soria, las llanuras trigueras del Campo de Gómara y los primeros –y diminutos– huertos aragoneses, a los que riegan afluentes del Jalón nacidos en el Moncayo. La aparente inhospitalidad del paisaje queda suavizada tanto por el verde jugoso de los cultivos de regadío, que hacen posible los ríos Queiles y Araviana, como por el resguardo que le presta la sierra del legendario Moncayo. Sierra que, además de constituir un símbolo para la comarca entera, favorece en ella las condiciones de un clima seco y frío que hicieron posible la fama de sus secaderos de embutidos, jamones y bacalaos.

Alejada de las zonas de mayor tráfico, y depositaria de un notable bagaje histórico, la Tierra de Ágreda y el dominante Moncayo han gozado desde épocas remotas de los elogios de la literatura, y de la recreación de los mitos clásicos en sus parajes.

El Moncayo debe probablemente su nombre a los iberos, quienes, al parecer, designaban con el sufijo cayo los montes cónicos o romos. Balcón que otea el Ebro, los Pirineos, las sierras de Teruel y las llanuras de Castilla, fue monte sagrado –junto con el pico Ocejón– también de los celtíberos.

La Venerable y la Edad Dorada

La comarca vivió tiempos gloriosos, aunque agitados, hasta el siglo XV. Después, con la unión definitiva de los dos grandes reinos peninsulares, iría languideciendo imparablemente, salvo unos fugaces años de dinamismo excepcional: la época de la Venerable Sor María de Jesús de Ágreda, consejera del rey Felipe IV y mediadora ante él de los favores de los prohombres de la Corte. Recuerdo y confianza en este poder es la costumbre popular, mantenida a lo largo de los siglos, de acudir en demanda de favores ante su cuerpo incorrupto, en el convento de la Concepción.

Además del convento de la Venerable, restan en Ágreda lugares tan evocadores de su pasado como las ruinas del castillo de la Muela, los lienzos de la muralla con dos esbeltas puertas árabes de estilo califal, la iglesia románica de Nuestra Señora de la Peña, la torre románica de la de San Miguel, la portada gótica de Nuestra Señora de Magaña y, ya del siglo XVI, la basílica de Nuestra Señora de los Milagros y el Ayuntamiento.

La presencia romana en las cercanías del Moncayo ha legado vestigios arqueológicos y trozos de fortificaciones en la localidad de Muro, antigua Augustobriga, sobre la calzada que unía Numancia con Tarazona. Destacan también en Muro los elementos arquitectónicos y ornamentales románicos, especialmente en los herrajes de la puerta de acceso a la iglesia, y su castillo, que defendía la misma línea fronteriza que los de Débanos, Vozmediano, Olvega y Ciria. En Noviercas y Trévago son notables las macizas torres califales, construidas durante el siglo X como defensa de la frontera musulmana del noroeste.

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  • Historia, Arte y Literatura


  •  Tras la romanización, la mitología del lugar quiso que el Moncayo alojara en su interior la caverna del dios Caco, ladrón castigado por Hércules, a quien había despojado de sus bueyes. Íñigo López de Mendoza, primer Marqués de Santillana, volvería a prestar alas románticas a los parajes del Moncayo en el siglo XV. Capitán frontero de Ágreda, rememoró sus andanzas en el bello poema que así iniciara:
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  • «Serranilla del Moncayo Dios vos dé buen año entero Ca de muy torpe lacayo fariades cavallero ... »
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  • • Pero serían los andaluces -sevillanos, por más señas- Gustavo Adolfo Bécquer y Antonio Machado quienes más hermosamente enaltecerían estos parajes de Soria. Bécquer, vinculado a la localidad de Noviercas por su matrimonio y separación con Casta Esteban, ambientó en ellos tres de sus famosas leyendas: Los ojos verdes, El gnomo y La corza blanca. Además, en las Cartas desde mi celda haría referencia a Ágreda, Beratón, Vozmediano y valle de Araviana, este último ya famoso en la leyenda de los Siete Infantes de Lara, porque en él fueron presos los siete hermanos más tarde decapitados en Córdoba. Todo lo que para Bécquer, puro romántico, tuvo el Moncayo de leyenda, sería para Machado objeto de admiración estética -«mole blanca y rosa»- y lugar de frontera: «Moncayo blanco, al cielo aragonés, erguido.»
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  • De Roma a los Austrias

  • Paso natural de la meseta al valle del Ebro, la Tierra de Ágreda hizo de antigua línea fronteriza entre las poblaciones celtíberas y las legiones romanas. Sometido a la autoridad imperial el castro que se alzaba en Ágreda, en el lugar que ocupan hoy los restos del castillo de la Muela, pasó a ser enclave de importancia en la calzada romana entre Zaragoza y Astorga.
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  • • Pocas noticias median entre la presencia romana en la zona y la gran consideración que adquirió Ágreda en los siglos X-XI, bajo el dominio musulmán. En ella confluirían, posteriormente, los ímpetus de reconquista de navarros, aragoneses y castellanos, hasta su ocupación por Alfonso VII. Preocupado el monarca por la abundante población musulmana, procuró equilibrarla atrayendo gentes de las tierras serranas de Magaña, Yanguas y San Pedro Manrique. La convivencia de castellanos, judíos y musulmanes fue perdurable, como atestiguan los edificios de influencia mudéjar que se conservan en Ágreda próximos a los restos de la aljama judía.
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  • • La abundancia de escudos nobiliarios en la Tierra de Ágreda, y especialmente en la capital de la comarca, remite ya la artesanía a una época muy posterior, cuando los blasones de las fachadas parecían equiparables a la grandeza de sus moradores. Seguramente, muchos de estos escudos fueron obra de los afamados artesanos vasconavarros, que labraban la piedra en toda España, y que alcanzarían renombre al emigrar masivamente a la Corte, requeridos por Felipe II para las obras de El Escorial. No obstante, algunos de estos escudos pudieron haber sido tallados por canteros de Ólvega. La tarea era delicada, pero no difícil: realizado el diseño del escudo a labrar, cada tallista confeccionaba una pequeña parte -sus instrumentos eran los punteros, macetas, martillos, escofinas, buriles, escodas y escoplos-, y después se unían todas las piezas hasta conseguir la enseña nobiliaria.
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  • • Sin posibilidad de beneficiarse de las nuevas empresas políticas de la Casa de Austria, la Tierra de Ágreda iría retirándose paulatinamente a un plano más discreto de la vida nacional. El reposo de la vida callada apartó a la ciudad de los goces de la riqueza. Ágreda y su tierra se verían abocadas, casi sin sentirlo, a la vida rural, y consecuencia de ello fue el desmantelamiento de los talleres artesanos que atendían necesidades decorativas y suntuarias.

 


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